Nunc



Me siento en el sillón de las siestas, de la lectura, de la contemplación. El sillón descubre-mundos-de-afuera-pero-sobre-todo-de-adentro. La ventana está abierta y una brisa de primavera mece dulcemente las hojas del níspero que crece en el patio, las hojas verdes nimbadas por el halo irreal de los rayos del sol. El sillón de las siestas domina la diagonal de la habitación, los estantes repletos de libros y recuerdos de viajes, las máscaras africanas, las colecciones de piedras especiales, de hojas secas, de conchas y caracolas de mar [todo lo que me gusta y voy recogiendo por aquí y por allá], los cuadros, los cojines, mis cosas, compañeras de camino en mi caminar. Nunc. Nunc es “hola otra vez”. Beatitud. Reconciliación en forma de armonía con todo lo que he sido, soy y seré. Nunc. Ahora. El cristal oscuro del televisor refleja la higuera frondosa que un soplo de viento sutil zarandea con mimo, casi con amor. Quizá en vez de níspero, higuera, celosía y puerta de almacén pintada de azul turquesa, habría preferido el turquesa rizado de espuma de las olas del mar, pero es lo que hay y está bien. Casi roza la perfección esta luz vespertina que envuelve el sillón de las siestas. Nunc. El párpado cae, la boca se abre, escapa un suspiro y el sillón de las siestas se convierte en esa nave que ahora [nunc] me transporta sin remedio hacia el país de los sueños.   

 Ilustración de Duy Huynh

Pelusas en un rincón


Llevaba un tiempo siguiendo la evolución de aquella editorial, Bifurcaria, simplemente porque me gustaba mucho su trabajo, su irreductible apuesta por la calidad literaria y la elaborada belleza de sus portadas (todas realizadas por el mismo ilustrador, un tipo, a mi juicio, sencillamente genial). En un momento en el que el mundo del libro convulsionaba con la llegada arrasadora del e-book, Ediciones Bifurcaria  había conseguido mantener un aura propia de excelencia y singularidad. Su catálogo se nutría de narrativa a menudo intimista, abría puertas a nuevos valores jóvenes, exultantes de originalidad y frescura, y abundaban en él los buenos libros de autor: como mínimo, tres o cuatro maravillosos… Obras maestras, sin duda.
Así que cuando me metí en eso del Facebook hice una solicitud de amistad a su editor, que fue aceptada, e inicié un tímido coqueteo  pelotillero con él, no porque tuviese como objetivo publicar un libro mío en Bifurcaria  (aunque ahora piense que quizá en el fondo sí) dado que yo no consideraba mis escritos a la altura, ni mucho menos, de las obras que divulgaba, sino porque realmente le admiraba y era para mí un honor poder relacionarme con él en la distancia, de esa forma casi anónima con visos de realidad que tejen los hilos invisibles de las redes sociales.
Una fotografía, un perfil, cientos de comentarios, un permanente «me gusta» y algunas frases pretendidamente ingeniosas me valieron de su parte un par de referencias que me hicieron sentir feliz, aunque yo supiera bien que eran tan solo unas migajas en pago por mi muestra permanente de adhesión y fidelidad a todo lo que ambos, el editor y el ilustrador, hacían, decían y colgaban en la red… Al fin y al cabo, la vanidad es el más humano de los pecados, el punto flaco al que nadie es ajeno, y a ese editor exquisito (lo era, lo es) que escribía, además, narraciones de corte impecable, supongo que también le halagaba alimentar su pequeña corte de aduladores incondicionales. Como a cualquiera, sin duda. Porque, a pesar de que sé de buena tinta que al principio la editorial pasó serios apuros económicos para mantenerse a flote sin renunciar a su ideario inicial de belleza, de repente la suerte le sonrió e hizo pleno con un libro menos literario, más oportunista pero también más desgarrador, que abordaba los oscuros recovecos de la corrupción. Un tema muy actual. El libro se reeditó varias veces y se vendió como los churros. Churros de oro que le permitieron seguir adelante apostando más fuerte.
Pronto se anunciaron nuevas publicaciones. Me apresuré a comprar una de ellas y me fascinó. Se repescó a un autor al que yo conocía un poquito, del que había leído un cuento (publicado en otra colección, en otra editorial) que me había gustado mucho. Apareció en Facebook la nueva portada (preciosa, evocadora y original, con ese «toque» personal tan propio del ilustrador) que, cual carta de presentación extraordinaria, iba a lucir el libro (un conjunto de relatos, por supuesto) y aquel día se colapsó la pantalla con cientos de «me gusta». Y yo recibí vía Facebook una invitación para asistir al acto de presentación. Contesté que sí, claro, que iría. Allí iban a estar el editor de Ediciones Bifurcaria, el ilustrador y uno de sus autores, quizá el más emblemático, el que había escrito un libro de cuentos de los que yo catalogo de obra maestra. Curiosidad y excitación.
Llegué al centro comercial donde se celebraba el evento con cuatro minutos de retraso. Me hice con el volumen antes de dirigirme al salón de actos y sufrí la primera decepción. La portada era la misma, sí, preciosa, pero habían rebajado mucho la calidad de la edición y el precio me pareció elevado, casi abusivo para un libro tan pequeño, cuyas páginas estaban encoladas y no cosidas, como en cualquier tirada de bolsillo de un superventas, como las que encargo yo para mis obras autoeditadas, vaya, porque me salen baratas y se hacen a demanda. Bueno, me dije, la portada sigue siendo preciosa y el primer relato, que era el que ya conocía, estupendo.
Cuando me dispuse a entrar, el salón de actos estaba ya abarrotado. No he comentado todavía que padezco cierta fobia social, producto de mi extrema timidez, así que sufrí el mismo vértigo desagradable, la misma sensación de náusea y de pequeñez que sufro siempre que tengo que entrar a un sitio desconocido y lleno de gente. Sentados a la mesa presidencial se hallaban el autor, el presentador y el editor. Por supuesto, no había ninguna silla libre, así que busqué un lugar discreto y permanecí de pie junto a una pared que me sirviera de sostén (físico y moral), con la chupa y el libro recién comprado apretados en mi brazo. Tras varias ojeadas divisé a un par de escritores de los que van de divos, de esos que conscientemente cultivan aires de intelectualidad gauche divine o «izquierda caviar» con pelos o calvas, patillas, perillas, gafas, bufandas y sofisticados aditamentos que acentúen su pinta de artistas bohemios. En el centro, cómodamente sentados, abundancia de cacatúas sexagenarias, septuagenarias u octogenarias de ambos sexos, de las que acuden sistemáticamente a cualquier evento para salir de casa, verse, envidiarse y comentar el acontecimiento en sus partidas de bridge. Y, ¡oh cielos!, en un lateral de la sala distinguí, muy cerca de donde yo estaba, apretujados en un sofá cabriolé de dos plazas como tres langostillos en lata, a «mi» ilustrador, a «mi» autor emblemático y a otro escritor de esos que alborotan mucho, al que conocía de vista. Mi ilustrador y el escritor escandaloso cotilleaban frívolamente y reían, susurrándose comentarios al oído, ajenos a las palabras y discursos de presentación. Mi autor emblemático permanecía serio, callado, melancólico, luciendo una mirada triste en sus grandes ojos de cocker spaniel, ajeno a todo y a todos, él también, dentro de un extraño ensimismamiento. El editor, majo chaval (bastante más joven que yo, por cierto), parecía un showman gala Goyas, muy agradecido a la concurrencia, derrochando simpatía, pulsiones de éxito y mostrando sonrisa dentífrica. El presentador no iba bien preparado. Salió del paso (porque tiene tablas y le sobra experiencia) citando tópicos y lugares comunes y al escritor, ¡pobre!, le faltó toda la chispa que les sobró al editor y al presentador.
A los quince minutos escasos decidí que yo allí no pintaba nada. Ninguna cara amiga, ningún gesto de saludo. Ni siquiera me apetecía que el autor me dedicase el libro.
Me escurrí con sigilo pasando por delante del sofá cabriolé donde seguían riendo el ilustrador y su amigo mientras mi autor favorito, langostillo contra langostillos, contaba las musarañas, y ya fuera de la sala me dediqué a husmear entre las estanterías. Al otro lado, pared con pared, seguía su curso la (re)presentación y se oía un murmullo lejano y algunas risas sofocadas. Cogí de un estante, casi al azar, un libro que me apeteciera leer. Y entonces tuve una idea «genial»: buscarme, sí, buscar alguna de mis novelas entre los anaqueles de la librería. Hacía como cosa de diez meses aún había encontrado en ese mismo centro comercial dos ejemplares de la última publicada. Pero ya no. Simple y literariamente, ya no existía. Y me dio igual. Salí a la calle sin pagar el libro escogido, me encendí un cigarrillo, aspiré un par de caladas hondas y volví a casa caminando lentamente, disfrutando del paseo, del frescor nocturno y de la futilidad de mi huida.
En Facebook ya había fotos colgadas y comentarios acerca de la exitosa (re)presentación y un poco más arriba, o más abajo (no lo recuerdo) la portada de una nueva novela de Ediciones Bifurcaria  que relataba, de forma sensible y protagonista, la terrible (y polémica) tragedia ocurrida un par de años atrás en un estadio de futbol, donde habían muerto cinco personas aplastadas por un auténtico tsunami humano.
Por cierto, el libro de relatos de marras me ha parecido cojonudísimo.    
      

Afilado metal que hurga en la herida...




El viernes veinte de febrero de 2015, Josefina Maldonado —Fina—, de 79 años de edad, entró en la habitación que compartía con Juan Abiego, su esposo inválido de 82, a eso de las 20:55. Encendió el televisor situado sobre la cómoda, frente a la cama, para que Juan pudiera ver el telediario de la Uno. Mientras sonaban los acordes de despedida del programa precedente, ahuecó las almohadas y ayudó a su esposo a incorporarse en el lecho. Luego se dirigió a la cocina. Ya con la sintonía del telediario y las voces que adelantaban las noticias del sumario, volvió a entrar al dormitorio cargada con una bandeja (una bandeja horrorosa, por cierto, de tono naranja chillón, decorada con el tosco dibujo de una geisha —o una china, vaya usted a saber: chinas y geishas se parecen tanto, se decía siempre la Fina— de sonrisa sugestiva y mirada oblicua velada por una sombrilla de las de papel de arroz). Una bandeja vulgar, de bazar de Todo a Cien, que resultaba muy útil por las asas, el reborde alto, las patas negras plegables y el acabado cóncavo del frontal interior que se ajustaba muy bien al cuerpo enflaquecido de Juan. Allí, encima de esa geisha un poco pringosa (porque la Fina veía cada vez menos y no distinguía bien los pegotes de comida de las flores del kimono), desayunaba con los desayunos de la Uno y cenaba con los telediarios de la Uno, Juan, el inválido marido (inválido, sí, pero las presentadoras de la Uno bien que le alegran el pajarito. ¡Será marrano, el jodío!, meneaba Fina la cabeza). Mañana tras mañana. Noche tras noche con el hastío de un rito vacío, carente de cualquier sentido. Los paseos en la sillita de ruedas, las comidas a la mesa de la cocina. Dos veces a la semana, Fina le bañaba con la ayuda de Mamen, la asistenta municipal que les hacía la compra, les guisaba y les limpiaba la casa solo un poco por encima.
La taza de Cola-Cao bien calentito humeaba sobre la geisha mientras la locutora rubia, hierática, recitaba las noticias con voz de loro dentro del marco del televisor. Fina subió el volumen y se acercó a Juan. Él la miró con ojos de niño asustado. Ella asintió y Juan se bebió a pequeños sorbos su tazón de Cola-Cao.
Fina le limpió los labios y regresó a la cocina arrastrando los pies, cargada con la bandeja de color naranja chillón. Junto al mármol desconchado de la fregadera, el Cola-Cao de la otra taza —la suya— se iba quedando tibio. Fina suspiró (una vida desconchada, como ese mármol amarillento que un día lució tan blanco como su traje de novia) y sorbió el líquido en tres apresurados tragos. Le deslumbró el brillo de las tijeras sucias que Mamen, seguro que por descuido, había olvidado en la poza aquella misma mañana después de trinchar el pollo que les había guisado para ese fin de semana.

El martes veinticuatro de febrero de 2015, Carmen Ruiz —Mamen—, de 38 años de edad, pulsó el timbre del tercero izquierda del número 8 de la calle Castelar, a eso de las 9:30. Pulsó una, dos, tres veces. La puerta no se abrió. Seguro que esta Fina se ha quedado frita, recuerda que pensó (porque no era la primera vez que pasaba; los dos, el viejo y la vieja, se dopaban a gusto para dormir como troncos), y rebuscó en su bolso, impaciente, hasta encontrar el llavín. Nada más entrar al piso un olor nauseabundo asaltó sus fosas nasales. Tuvo que hacer un esfuerzo para contener el vómito.
En la cocina desierta reinaba cierto desorden. La bandeja de la geisha volcada sobre el mármol con las patas desencajadas. Un tazón roto en el suelo manchado con restos de Cola-Cao. El reguero espeso de gotas más oscuras la condujo al dormitorio, convertido en auténtico pandemónium. Juan yacía muerto, en la cama, con los ojos en blanco, burdamente apuñalado, ensangrentado, entre un revoltijo de sábanas salpicadas de grandes rosas rojas. Mamen gritó. Mamen aulló. Entonces tropezó con un bulto blando, tendido en el piso pringado de mierda, meados, moscas y sangre. Fina respiraba. Mamen aulló, hurgando como una loca en el bolso sin lograr dar con el móvil. El último aliento de Fina parecía querer silbar aún en sus labios.
— Mamen… Mamen… Chsssssss, calla, chica, no chilles… Escúchame (la garra sucia, reseca pezuña, tendida hacia Mamen) porque esto no es lo que parece. Esto lo habíamos planeao el Juan y yo. Nos íbamos a suicidar con las pastillas de dormir… ¿Para qué queríamos seguir viviendo dos viejos como nosotros? Pero entonces vi esas tijeras reluciendo contra el mármol del fregadero y no me pude resistir… ¡Ay, Mamen! Yo quería mucho a mi Juan, ¿sabes?, pero creo que también le odiaba mucho.  La vida, hija, la vida es así…

La ilustración de esta entrada es obra del artista aragonés José Manuel Ubé