Doce




Lector, debo decirte que ha habido algunos cambios en mi vida. Corre el año 1977 y hace tiempo que no escribo crónicas para Le Figaro, ¿recuerdas? Le Figaro, periódico al que permanecí fiel durante más de treinta años… ¡Oh, pero no me importa! Ahora escribo para Le Monde y he cambiado la crónica suburbana por la reseña literaria. Sí, me pagan por leer y por escribir sobre lo que leo. ¿Puedes imaginar mayor placer, amigo mío? André Gide también fue lector, pero para la editorial Gallimard, con la ardua responsabilidad de tener que separar el polvo de la paja y decidir cuáles eran los libros que había que publicar. ¡Bueno! Yo no tengo que decidir nada: leo los textos que me encomiendan los señores de Le Monde, que son libros ya editados, y solo tengo que emitir mi opinión, sin más compromiso. Mucho más gratificante, ¿no te parece?  “Eres un tío con suerte”, me asegura Françoise, que viaja, casualmente, a mi lado. Y yo levanto la ceja izquierda con gesto interrogatorio y luego la bajo, relajo la mueca un tanto forzada, y alzo la derecha, la ceja derecha, y después le sonrío y le beso la mano. “Tú también has sido una tía con suerte, después de todo”. Ella me propina un suave pescozón. “¿Cómo te atreves, mon cher, cómo te atreves a decirme eso?”. “¡Ah!, ¿no? ¿No se le llama suerte a publicar una novela superventas apenas cumplidos los 18 (y que la lleve al cine Otto Preminger), a convertirse en icono de la modernidad más rebelde, a codearse con los grandes entre los grandes y a ser la niña mimada de Jean Paul Sartre?”. “No me fastidies, mon cher. Yo podría añadir a ese cuadro triunfalista muchísimas servidumbres y bastantes inconvenientes que tú conoces mejor que nadie. ¿Te parecen pocos ser tachada de frívola e inconsciente, promiscua y morfinómana, o de aventurera destalentada?”. “Bueno, tú escogiste ese camino. Pudiste elegir otro, pero este te proporcionaba ventas, te ponía en boca de todos y te permitía épater la bourgeoisie alegremente y con glamur. Justo lo que tú querías, ¿no?”. “¡Nooooo!”. Françoise me pellizca violentamente en el brazo y abandona el vagón, dejándome solo otra vez. Pero yo sé que volverá. Quizá no al día siguiente, ni al otro, ni al otro; pero volverá, seguro.
Y he fallado, porque todavía no ha vuelto, enredada, supongo, en alguno de los líos a los que ella denomina, eufemísticamente, servidumbres e inconvenientes. “¡Bueno! Son las cosas del vivir. Si no estás dispuesto a pagar peajes, apéate”, que diría mi falso Cirus, mi inefable E. M.
El que sí ha vuelto es Julito (vuelve siempre y quizá no tanto por disfrutar de mi compañía como por su irremediable adicción al universo suburbano de Sírap, metadimensión, nudo de espacios y tiempos suspendidos entre la posibilidad de ser o no ser, modelo cuántico de realidad), para contarme la marcha de sus embajadas en favor de nobles causas perdidas, ahora que es un escritor consagrado, laureado… “Famoso, che, ¿para qué? Te lo dije desde el principio, viejito. Para nada. Para ayudar una ayudita de mierda, porque esto no tiene remedio. Para donar mis derechos de autor a favor de los presos de la dictadura argentina, o en apoyo de Cuba y que me salga el tiro por la culata con el régimen castrista”. Julito sigue escribiendo, “Porque todavía me apetece. Porque aún me divierte”, y, de hecho, me trae dos nuevos libros suyos dedicados, un detalle cariñoso. Intento leer los títulos pero no lo consigo: estoy casi ciego. El trabajo de lector y reseñista me obliga a forzar al máximo la poca vista que me queda. Julio, amablemente, los descifra: “El libro de Manuel, una novelita rara, una miscelánea de absurdos, ya sabes, de esas que me gusta inventar para jugar un poco a los disparates, para agotar la paciencia de mis sufridos lectores… como en Rayuela, y Alguien que anda por ahí, cualquiera, tú mismo o yo sin ir más lejos, transeúntes en este mundo de locos… Es una colección de cuentos…”, suspira, sonríe, “sí, escribir aún me divierte”. Lo afirma sincero, convencido… pero yo le noto un cansancio. El mismo cansancio que me invade a mí cada día. Voy arrastrando los pies por el laberinto del metro y me acuerdo de los dichosos juanetes de mi amiga Claire Bonard. Intento regresar, renqueando, a mi cuartel general de Des Abbesses ―mi casa― y descubro que tengo un “ocupa”, un “usurpa”, un habitante nuevo que duerme, y pasa sus horas allí, y escribe en mi Olimpia crónicas apócrifas, y ama a una jovencita algo desequilibrada y se emborracha con ella, y descubro, en suma, que mi guarida secreta ya ha dejado de serlo. Y me vuelvo espía. Del “ocupa” y de su chica. Están locos. Como lo estuvimos hace un milenio, o más, Desideria y yo. Françoise y yo. Él no es francés. Ella sí. Una parisina “bien” que juega a ser intelectual. Él parece pobre y lo es. Pobre y talentoso. El cruel aporreo de la Olimpia me indica que aspira a ser escritor. Furtivamente, leo sus escritos. Poesía. Y no mala. Pero extraña. Ni siquiera me atrevo a juzgarla innovadora (y lo es). Solo extraña. De la que nunca triunfará porque hurga demasiado en la herida del mundo, pone el dedo en la llaga y la lastima, retorciéndolo impasible. Ulises. Él se llama Ulises. Ulises Lima. Mexicano. Hermoso Ulises de cabellos negros que se demora en el lecho de una Calipso voluble y caprichosa.
Divertido, escucho cómo, mientras follan, ella le plantea a él un estúpido cuestionario de preguntas de geografía, de historia, de arte, de literatura, de música, de física, de filosofía…  (¿Cuál es el punto más septentrional de Asia? El cabo Molotov, en el archipiélago de las Severnaya, contesta el poeta. ¿Y la capital de Malasia? Kuala Lumpur, responde él, delirando entre embestidas eróticas. ¿Y quién escribió Os Luisiadas? Camoens. ¿Quién compuso el Responso de la Oscuridad? Gesualdo, príncipe de Venosa. ¿Y la Sinfonía Doméstica? Richard Strauss. ¿Quién pintó El juramento de los Horacios? David. ¿Quién proyectó Fallingwater, la casa de la cascada? El arquitecto Frank Lloyd Wright. Él eyacula y jadea y se afloja, relajado. Pero ella insiste: Y si digo «Algo huele a podrido…», ¿qué añades tú? «En Dinamarca». Mmmmmmm. Ella cede, por fin, exhausta. No fallas una, mon amour. Por eso me acuesto contigo, porque no eres un tipo vulgar). ¡Cielos! ¡Una pequeña Françoise! ¡Terrible! Exultante. Extravagante. Excesiva. Exagerada. Exasperante. Y creo que Ulises Lima comparte todos mis juicios, porque cuando ella se deja caer, agotada, él la toma de nuevo y la castiga, y la sodomiza, implacable hasta el extremo de hacerla cejar en sus preguntas absurdas y gritar, ahora ya sí, de salvaje placer…
Sí, divertido, pero yo he perdido mi sitio. Estoy fuera de lugar. Sin casa. Descubierto. Expuesto, como un hombre anciano ―lo soy― que exhibe, desnudo, ante la mirada de todos, su mísero pellejo, sus carnes flácidas. K. O.
“La savia nueva te empuja”, sentencia, impertérrito, E. M., mi falso Cirus. “Vente una temporada a mi casa”, añade, cortés pero ladino a un tiempo.
¡Ah! Me retas. Me retas a salir de mi madriguera cuando tú no eres capaz de abandonar un solo instante tus hábitos misántropos. Me retas porque me sabes cansado (aunque no hastiado), porque me sabes desarmado por esa “savia nueva” que empuja, joven e insolente, y también porque sabes que, espiando a Ulises, yo he concebido el anhelo de nombrar un heredero, otro escritor de crónicas apócrifas exiliado en el palacio subterráneo de los sueños. De acuerdo, acepto el reto. Pero no sé cómo acabará este desafío. Porque yo no abandonaré mi laberinto amparado en las sombras de la oscuridad nocturna. No. Esperaré justo al instante en que la luz del día se imponga a las tinieblas. Esperaré a que despunte el sol, cante el gallo y salga la aurora. Entonces subiré despacio los peldaños grises de ladrillo y cemento que conectan el mundo de arriba con mi mundo de abajo (¡es tan fácil, hubiera sido tan fácil hacerlo en cualquier momento!), expectante, temeroso y audaz a un tiempo… para mirar al astro cara a cara, y no estaré solo, no, mi mano acariciará un tesoro, metida en el bolsillo de mi gabán haciendo crujir los folios de un manuscrito, un hermoso cuento de metro que Julio escribió para mí hace ya algunos años…
Quizá mañana, o pasado, perdida entre las páginas de la sección de sucesos de Le Monde o Le Figaro, el lector común de prensa pueda encontrar la noticia de la defunción de un viejo en la plaza de l’Odéon. Un viejo que ―extrañamente― oculta en el bolsillo de su gabán un manuscrito asaz sobado con la transcripción de un cuento de Julio Cortázar.
Esta narración de Julio es mi regalo para ti, querido compañero que has tenido la paciencia y la amabilidad de llegar hasta el final de esta crónica de laberintos, aunque de antemano te advierto de que el cuento está publicado en un libro (tú lo conoces, seguro) que se titula Octaedro.
No tengo más que añadir. Ahora… adiós.

Una visión peculiar de Sírap, por Marc Chagall


A modo de final que no lo es

MANUSCRITO HALLADO EN UN BOLSILLO

Octaedro. 1974
Julio Cortázar

Ahora que lo escribo, para otros esto podría haber sido la ruleta o el hipódromo, pero no era dinero lo que buscaba, en algún momento había empezado a sentir, a decidir que un vidrio de ventanilla en el metro podía traerme la respuesta, el encuentro con una felicidad, precisamente aquí donde todo ocurre bajo el signo de la más implacable ruptura, dentro de un tiempo bajo tierra que un trayecto entre estaciones dibuja y limita así, inapelablemente abajo. Digo ruptura para comprender mejor (tendría que comprender tantas cosas desde que empecé a jugar el juego) esa esperanza de una convergencia que tal vez me fuera dada desde el reflejo en un vidrio de ventanilla. Rebasar la ruptura que la gente no parece advertir aunque vaya a saber lo que piensa esa gente agobiada que sube y baja de los vagones del metro, lo que busca además del transporte esa gente que sube antes o después para bajar después o antes, que sólo coincide en una zona de vagón donde todo está decidido por adelantado sin que nadie pueda saber si saldremos juntos, si yo bajaré primero o ese hombre flaco con un rollo de papeles, si la vieja de verde seguirá hasta el final, si esos niños bajarán ahora, está claro que bajarán porque recogen sus cuadernos y sus reglas, se acercan riendo y jugando a la puerta mientras allá en el ángulo hay una muchacha que se instala para durar, para quedarse todavía muchas estaciones en el asiento por fin libre, y esa otra muchacha es imprevisible, Ana era imprevisible, se mantenía muy derecha contra el respaldo en el asiento de la ventanilla, ya estaba ahí cuando subí en la estación Etienne Marcel y un negro abandonó el asiento de enfrente y a nadie pareció interesarle y yo pude resbalar con una vaga excusa entre las rodillas de los dos pasajeros sentados en los asientos exteriores y quedé frente a Ana y casi enseguida, porque había bajado al metro para jugar una vez más el juego, busqué el perfil de Margrit en el reflejo del vidrio de la ventanilla y pensé que era bonita, que me gustaba su pelo negro con una especie de ala breve que le peinaba en diagonal la frente.
No es verdad que el nombre de Margrit o de Ana viniera después o que sea ahora una manera de diferenciarlas en la escritura, cosas así se daban decididas instantáneamente por el juego, quiero decir que de ninguna manera el reflejo en el vidrio de la ventanilla podía llamarse Ana, así como tampoco podía llamarse Margrit la muchacha sentada frente a mí sin mirarme, con los ojos perdidos en el hastío de ese interregno en el que todo el mundo parece consultar una zona de visión que no es la circundante, salvo los niños que miran fijo y de lleno en las cosas hasta el día en que les enseñan a situarse también en los intersticios, a mirar sin ver con esa ignorancia civil de toda apariencia vecina, de todo contacto sensible, cada uno instalado en su burbuja, alineado entre paréntesis, cuidando la vigencia del mínimo aire libre entre rodillas y codos ajenos, refugiándose en France-Soir o en libros de bolsillo aunque casi siempre como Ana, unos ojos situándose en el hueco entre lo verdaderamente mirable, en esa distancia neutra y estúpida que iba de mi cara a la del hombre concentrado en el Figaro. Pero entonces Margrit, si algo podía yo prever era que en algún momento Ana se volvería distraída hacia la ventanilla y entonces Margrit vería mi reflejo, el cruce de miradas en las imágenes de ese vidrio donde la oscuridad del túnel pone su azogue atenuado, su felpa morada y moviente que da a las caras una vida en otros planos, les quita esa horrible máscara de tiza de las luces municipales del vagón y sobre todo, oh sí, no hubieras podido negarlo, Margrit, las hace mirar de verdad esa otra cara del cristal porque durante el tiempo instantáneo de la doble mirada no hay censura, mi reflejo en el vidrio no era el hombre sentado frente a Ana y que Ana no debía mirar de lleno en un vagón de metro, y además la que estaba mirando mi reflejo ya no era Ana sino Margrit en el momento en que Ana había desviado rápidamente los ojos del hombre sentado frente a ella porque no estaba bien que lo mirara, al volverse hacia el cristal de la ventanilla había visto mi reflejo que esperaba ese instante para levemente sonreír sin insolencia ni esperanza cuando la mirada de Margrit cayera como un pájaro en su mirada. Debió durar un segundo, acaso algo más porque sentí que Margrit había advertido esa sonrisa que Ana reprobaba aunque no fuera más que por el gesto de bajar la cara, de examinar vagamente el cierre de su bolso de cuero rojo; y era casi justo seguir sonriendo aunque ya Margrit no me mirara porque de alguna manera el gesto de Ana acusaba mi sonrisa, la seguía sabiendo y ya no era necesario que ella o Margrit me miraran, concentradas aplicadamente en la nimia tarea de comprobar el cierre del bolso rojo.
Como ya con Paula (con Ofelia) y con tantas otras que se habían concentrado en la tarea de verificar un cierre, un botón, el pliegue de una revista, una vez más fue el pozo donde la esperanza se enredaba con el temor en un calambre de arañas a muerte, donde el tiempo empezaba a latir como un segundo corazón en el pulso del juego; desde ese momento cada estación del metro era una trama diferente del futuro porque así lo había decidido el juego; la mirada de Margrit y mi sonrisa, el retroceso instantáneo de Ana a la contemplación del cierre de su bolso eran la apertura de una ceremonia que alguna vez había empezado a celebrar contra todo lo razonable, prefiriendo los peores desencuentros a las cadenas estúpidas de una causalidad cotidiana. Explicarlo no es difícil pero jugarlo tenía mucho de combate a ciegas, de temblorosa suspensión coloidal en la que todo derrotero alzaba un árbol de imprevisible recorrido. Un plano del metro de París define en su esqueleto mondrianesco, en sus ramas rojas, amarillas, azules y negras una vasta pero limitada superficie de subtendidos seudópodos: y ese árbol está vivo veinte horas de cada veinticuatro, una savia atormentada lo recorre con finalidades precisas, la que baja en Chatelet o sube en Vaugirard, la que en Odeón cambia para seguir a La Motte-Picquet, las doscientas, trescientas, vaya a saber cuántas posibilidades de combinación para que cada célula codificada y programada ingrese en un sector del árbol y aflore en otro, salga de las Galeries Lafayette para depositar un paquete de toallas o una lámpara en un tercer piso de la rue Gay-Lussac.
Mi regla del juego era maniáticamente simple, era bella, estúpida y tiránica, si me gustaba una mujer, si me gustaba una mujer sentada frente a mí, si me gustaba una mujer sentada frente a mí junto a la ventanilla, si su reflejo en la ventanilla cruzaba la mirada con mi reflejo en la ventanilla, si mi sonrisa en el reflejo de la ventanilla turbaba o complacía o repelía al reflejo de la mujer en la ventanilla, si Margrit me veía sonreír y entonces Ana bajaba la cabeza y empezaba a examinar aplicadamente el cierre de su bolso rojo, entonces había juego, daba exactamente lo mismo que la sonrisa fuera acatada o respondida o ignorada, el primer tiempo de la ceremonia no iba más allá de eso, una sonrisa registrada por quien la había merecido. Entonces empezaba el combate en el pozo, las arañas en el estómago, la espera con su péndulo de estación en estación. Me acuerdo de cómo me acordé ese día: ahora eran Margrit y Ana, pero una semana atrás habían sido Paula y Ofelia, la chica rubia había bajado en una de las peores estaciones, Montparnasse-Bienvenue que abre su hidra maloliente a las máximas posibilidades de fracaso. Mi combinación era con la línea de la Porte de Vanves y casi enseguida, en el primer pasillo, comprendí que Paula (que Ofelia) tomaría el corredor que llevaba a la combinación con la Mairie d'Issy. Imposible hacer nada, sólo mirarla por última vez en el cruce de los pasillos, verla alejarse, descender una escalera. La regla del juego era ésa, una sonrisa en el cristal de la ventanilla y el derecho de seguir a una mujer y esperar desesperadamente que su combinación coincidiera con la decidida por mí antes de cada viaje; y entonces ―siempre, hasta ahora― verla tomar otro pasillo y no poder seguirla, obligado a volver al mundo de arriba y entrar en un café y seguir viviendo hasta que poco a poco, horas o días o semanas, la sed de nuevo reclamando la posibilidad de que todo coincidiera alguna vez, mujer y cristal de ventanilla, sonrisa aceptada o repelida, combinación de trenes y entonces por fin sí, entonces el derecho de acercarme y decir la primera palabra, espesa de estancado tiempo, de inacabable merodeo en el fondo del pozo entre las arañas del calambre. Ahora entrábamos en la estación Saint-Sulpice, alguien a mi lado se enderezaba y se iba, también Ana se quedaba sola frente a mí, había dejado de mirar el bolso y una o dos veces sus ojos me barrieron distraídamente antes de perderse en el anuncio del balneario termal que se repetía en los cuatro ángulos del vagón. Margrit no había vuelto a mirarme en la ventanilla pero eso probaba el contacto, su latido sigiloso; Ana era acaso tímida o simplemente le parecía absurdo aceptar el reflejo de esa cara que volvería a sonreír para Margrit; y además llegar a Saint-Sulpice era importante porque si todavía faltaban ocho estaciones hasta el fin del recorrido en la Porte d'Orléans, sólo tres tenían combinaciones con otras líneas, y sólo si Ana bajaba en una de esas tres me quedaría la posibilidad de coincidir; cuando el tren empezaba a frenar en Saint-Placide miré y miré a Margrit buscándole los ojos que Ana seguía apoyando blandamente en las cosas del vagón como admitiendo que Margrit no me miraría más, que era inútil esperar que volviera a mirar el reflejo que la esperaba para sonreírle.
No bajó en Saint-Placide, lo supe antes de que el tren empezara a frenar, hay ese apresto del viajero, sobre todo de las mujeres que nerviosamente verifican paquetes, se ciñen el abrigo o miran de lado al levantarse, evitando rodillas en ese instante en que la pérdida de velocidad traba y atonta los cuerpos. Ana repasaba vagamente los anuncios de la estación, la cara de Margrit se fue borrando bajo las luces del andén y no pude saber si había vuelto a mirarme; tampoco mi reflejo hubiera sido visible en esa marea de neón y anuncios fotográficos, de cuerpos entrando y saliendo. Si Ana bajaba en Montparnasse-Bienvenue mis posibilidades era mínimas; cómo no acordarme de Paula (de Ofelia) allí donde una cuádruple combinación posible adelgazaba toda previsión; y sin embargo el día de Paula (de Ofelia) había estado absurdamente seguro de que coincidiríamos, hasta último momento había marchado a tres metros de esa mujer lenta y rubia, vestida como con hojas secas, y su bifurcación a la derecha me había envuelto la cara como un latigazo. Por eso ahora Margrit no, por eso el miedo, de nuevo podía ocurrir abominablemente en Montparnasse-Bienvenue; el recuerdo de Paula (de Ofelia), las arañas en el pozo contra la menuda confianza en que Ana (en que Margrit). Pero quién puede contra esa ingenuidad que nos va dejando vivir, casi inmediatamente me dije que tal vez Ana (que tal vez Margrit) no bajaría en Montparnasse-Bienvenue sino en una de las otras estaciones posibles, que acaso no bajaría en las intermedias donde no me estaba dado seguirla; que Ana (que Margrit) no bajaría en Montparnasse-Bienvenue (no bajó), que no bajaría en Vavin, y no bajó, que acaso bajaría en Raspail que era la primera de las dos últimas posibles; y cuando no bajó y supe que sólo quedaba una estación en la que podría seguirla contra las tres finales en que ya todo daba lo mismo, busqué de nuevo los ojos de Margrit en el vidrio de la ventanilla, la llamé desde un silencio y una inmovilidad que hubieran debido llegarle como un reclamo, como un oleaje, le sonreí con la sonrisa que Ana ya no podía ignorar, que Margrit tenía que admitir aunque no mirara mi reflejo azotado por las semiluces del túnel desembocando en Denfert-Rochereau. Tal vez el primer golpe de frenos había hecho temblar el bolso rojo en los muslos de Ana, tal vez sólo el hastío le movía la mano hasta el mechón negro cruzándole la frente; en esos tres, cuatro segundos en que el tren se inmovilizaba en el andén, las arañas clavaron sus uñas en la piel del pozo para una vez más vencerme desde adentro; cuando Ana se enderezó con una sola y limpia flexión de su cuerpo, cuando la vi de espaldas entre dos pasajeros, creo que busqué todavía absurdamente el rostro de Margrit en el vidrio enceguecido de luces y movimientos. Salí como sin saberlo, sombra pasiva de ese cuerpo que bajaba al andén, hasta despertar a lo que iba a venir, a la doble elección final cumpliéndose irrevocable.
Pienso que está claro, Ana (Margrit) tomaría un camino cotidiano o circunstancial, mientras antes de subir a ese tren yo había decidido que si alguien entraba en el juego y bajaba en Denfert-Rochereau, mi combinación sería la línea Nation-Etoile, de la misma manera que si Ana (que si Margrit) hubiera bajado en Châtelet sólo hubiera podido seguirla en caso de que tomara la combinación Vincennes-Neuilly. En el último tiempo de la ceremonia el juego estaba perdido si Ana (si Margrit) tomaba la combinación de la Ligne de Sceaux o salía directamente a la calle; inmediatamente, ya mismo porque en esa estación no había los interminables pasillos de otras veces y las escaleras llevaban rápidamente a destino, a eso que en los medios de transporte también se llamaba destino. La estaba viendo moverse entre la gente, su bolso rojo como un péndulo de juguete, alzando la cabeza en busca de los carteles indicadores, vacilando un instante hasta orientarse hacia la izquierda; pero la izquierda era la salida que llevaba a la calle.
No sé cómo decirlo, las arañas mordían demasiado, no fui deshonesto en el primer minuto, simplemente la seguí para después quizá aceptar, dejarla irse por cualquiera de sus rumbos allá arriba; a mitad de la escalera comprendí que no, que acaso la única manera de matarlas era negar por una vez la ley, el código. El calambre que me había crispado en ese segundo en que Ana (en que Margrit) empezaba a subir la escalera vedada, cedía de golpe a una lasitud soñolienta, a un gólem de lentos peldaños; me negué a pensar, bastaba saber que la seguía viendo, que el bolso rojo subía hacia la calle, que a cada paso el pelo negro le temblaba en los hombros. Ya era de noche y el aire estaba helado, con algunos copos de nieve entre ráfagas y llovizna; sé que Ana (que Margrit) no tuvo miedo cuando me puse a su lado y le dije: "No puede ser que nos separemos así, antes de habernos encontrado".
En el café, más tarde, ya solamente Ana mientras el reflejo de Margrit cedía a una realidad de cinzano y de palabras, me dijo que no comprendía nada, que se llamaba Marie-Claude, que mi sonrisa en el reflejo le había hecho daño, que por un momento había pensado en levantarse y cambiar de asiento, que no me había visto seguirla y que en la calle no había tenido miedo, contradictoriamente, mirándome en los ojos, bebiendo su cinzano, sonriendo sin avergonzarse de sonreír, de haber aceptado casi enseguida mi acoso en plena calle. En ese momento de una felicidad como de oleaje boca arriba de abandono a un deslizarse lleno de álamos, no podía decirle lo que ella hubiera entendido como locura o manía y que lo era pero de otro modo, desde otras orillas de la vida; le hablé de su mechón de pelo, de su bolso rojo, de su manera de mirar el anuncio de las termas, de que no le había sonreído por donjuanismo ni aburrimiento sino para darle una flor que no tenía, el signo de que me gustaba, de que me hacía bien, de que viajar frente a ella, de que otro cigarrillo y otro cinzano. En ningún momento fuimos enfáticos, hablamos como desde un ya conocido y aceptado, mirándonos sin lastimarnos, yo creo que Marie-Claude me dejaba venir y estar en su presente como quizá Margrit hubiera respondido a mi sonrisa en el vidrio de no mediar tanto molde previo, tanto no tienes que contestar si te hablan en la calle o te ofrecen caramelos y quieren llevarte al cine, hasta que Marie-Claude, ya liberada de mi sonrisa a Margrit, Marie-Claude en la calle y el café había pensado que era una buena sonrisa, que el desconocido de ahí abajo no le había sonreído a Margrit para tantear otro terreno, y mi absurda manera de abordarla había sido la sola comprensible, la sola razón para decir que sí, que podíamos beber una copa y charlar en un café.
No me acuerdo de lo que pude contarle de mí, tal vez todo salvo el juego pero entonces tan poco, en algún momento nos reímos, alguien hizo la primera broma, descubrimos que nos gustaban los mismos cigarrillos y Catherine Deneuve, me dejó acompañarla hasta el portal de su casa, me tendió la mano con llaneza y consintió en el mismo café a la misma hora del martes. Tomé un taxi para volver a mi barrio, por primera vez en mí mismo como en un increíble país extranjero, repitiéndome que sí, que Marie-Claude, que Denfert-Rochereau, apretando los párpados para guardar mejor su pelo negro, esa manera de ladear la cabeza antes de hablar, de sonreír. Fuimos puntuales y nos contamos películas, trabajo, verificamos diferencias ideológicas parciales, ella seguía aceptándome como si maravillosamente le bastara ese presente sin razones, sin interrogación; ni siquiera parecía darse cuenta de que cualquier imbécil la hubiese creído fácil o tonta; acatando incluso que yo no buscara compartir la misma banqueta en el café, que en el tramo de la rue Froidevaux no le pasara el brazo por el hombro en el primer gesto de una intimidad, que sabiéndola casi sola ―una hermana menor, muchas veces ausente del departamento en el cuarto piso― no le pidiera subir. Si algo no podía sospechar eran las arañas, nos habíamos encontrado tres o cuatro veces sin que mordieran, inmóviles en el pozo y esperando hasta el día en que lo supe como si no lo hubiera estado sabiendo todo el tiempo, pero los martes, llegar al café, imaginar que Marie-Claude ya estaría allí o verla entrar con sus pasos ágiles, su morena recurrencia que había luchado inocentemente contra las arañas otra vez despiertas, contra la transgresión del juego que sólo ella había podido defender sin más que darme una breve, tibia mano, sin más que ese mechón de pelo que se paseaba por su frente. En algún momento debió darse cuenta, se quedó mirándome callada, esperando; imposible ya que no me delatara el esfuerzo para hacer durar la tregua, para no admitir que volvían poco a poco a pesar de Marie-Claude, contra Marie-Claude que no podía comprender, que se quedaba mirándome callada, esperando; beber y fumar y hablarle, defendiendo hasta lo último el dulce interregno sin arañas, saber de su vida sencilla y a horario y hermana estudiante y alergias, desear tanto ese mechón negro que le peinaba la frente, desearla como un término, como de veras la última estación del último metro de la vida, y entonces el pozo, la distancia de mi silla a esa banqueta en la que nos hubiéramos besado, en la que mi boca hubiera bebido el primer perfume de Marie-Claude antes de llevármela abrazada hasta su casa, subir esa escalera, desnudarnos por fin de tanta ropa y tanta espera.
Entonces se lo dije, me acuerdo del paredón del cementerio y de que Marie-Claude se apoyó en él y me dejó hablar con la cara perdida en el musgo caliente de su abrigo, vaya a saber si mi voz le llegó con todas sus palabras, si fue posible que comprendiera; se lo dije todo, cada detalle del juego, las improbabilidades confirmadas desde tantas Paulas (desde tantas Ofelias) perdidas al término de un corredor, las arañas en cada final. Lloraba, la sentía temblar contra mí aunque siguiera abrigándome, sosteniéndome con todo su cuerpo apoyado en la pared de los muertos; no me preguntó nada, no quiso saber por qué ni desde cuándo, no se le ocurrió luchar contra una máquina montada por toda una vida a contrapelo de sí misma, de la ciudad y sus consignas, tan sólo ese llanto ahí como un animalito lastimado, resistiendo sin fuerza al triunfo del juego, a la danza exasperada de las arañas en el pozo.
En el portal de su casa le dije que no todo estaba perdido, que de los dos dependía intentar un encuentro legítimo; ahora ella conocía las reglas del juego, quizá nos fueran favorables puesto que no haríamos otra cosa que buscarnos. Me dijo que podría pedir quince días de licencia, viajar llevando un libro para que el tiempo fuera menos húmedo y hostil en el mundo de abajo, pasar de una combinación a otra, esperarme leyendo, mirando los anuncios. No quisimos pensar en la improbabilidad, en que acaso nos encontraríamos en un tren pero que no bastaba, que esta vez no se podría faltar a lo preestablecido; le pedí que no pensara, que dejara correr el metro, que no llorara nunca en esas dos semanas mientras yo la buscaba; sin palabras quedó entendido que si el plazo se cerraba sin volver a vernos o sólo viéndonos hasta que dos pasillos diferentes nos apartaran, ya no tendría sentido retornar al café, al portal de su casa. Al pie de esa escalera de barrio que una luz naranja tendía dulcemente hacia lo alto, hacia la imagen de Marie-Claude en su departamento, entre sus muebles, desnuda y dormida, la besé en el pelo, le acaricié las manos; ella no buscó mi boca, se fue apartando y la vi de espaldas, subiendo otra de las tantas escaleras que se las llevaban sin que pudiera seguirlas; volví a pie a mi casa, sin arañas, vacío y lavado para la nueva espera; ahora no podían hacerme nada, el juego iba a recomenzar como tantas otras veces pero con solamente Marie-Claude, el lunes bajando a la estación Couronnes por la mañana, saliendo en Max Dormoy en plena noche, el martes entrando en Crimée, el miércoles en Philippe Auguste, la precisa regla del juego, quince estaciones en las que cuatro tenían combinaciones, y entonces en la primera de las cuatro sabiendo que me tocaría seguir a la línea Sèvres-Montreuil como en la segunda tendría que tomar la combinación Clichy-Porte Dauphine, cada itinerario elegido sin razón especial porque no podía haber ninguna razón, Marie-Claude habría subido quizá cerca de su casa, en Denfert-Rochereau o en Corvisart, estaría cambiando en Pasteur para seguir hacia Falguière, el árbol mondrianesco con todas sus ramas secas, el azar de las tentaciones rojas, azules, blancas, punteadas; el jueves, el viernes, el sábado. Desde cualquier andén ver entrar los trenes, los siete u ocho vagones, consintiéndome mirar mientras pasaban cada vez más lentos, correrme hasta el final y subir a un vagón sin Marie-Claude, bajar en la estación siguiente y esperar otro tren, seguir hasta la primera estación para buscar otra línea, ver llegar los vagones sin Marie-Claude, dejar pasar un tren o dos, subir en el tercero, seguir hasta la terminal, regresar a una estación desde donde podía pasar a otra línea, decidir que sólo tomaría el cuarto tren, abandonar la búsqueda y subir a comer, regresar casi enseguida con un cigarrillo amargo y sentarme en un banco hasta el segundo, hasta el quinto tren. El lunes, el martes, el miércoles, el jueves, sin arañas porque todavía esperaba, porque todavía espero en este banco de la estación Chemin Vert, con esta libreta en la que una mano escribe para inventarse un tiempo que no sea solamente esa interminable ráfaga que me lanza hacia el sábado en que acaso todo habrá concluido, en que volveré solo y las sentiré despertarse y morder, sus pinzas rabiosas exigiéndome el nuevo juego, otras Marie-Claudes, otras Paulas, la reiteración después de cada fracaso, el recomienzo canceroso. Pero es jueves, es la estación Chemin Vert, afuera cae la noche, todavía cabe imaginar cualquier cosa, incluso puede no parecer demasiado increíble que en el segundo tren, que en el cuarto vagón, que Marie-Claude en un asiento contra la ventanilla, que haya visto y se enderece con un grito que nadie salvo yo puede escuchar así en plena cara, en plena carrera para saltar al vagón repleto, empujando a pasajeros indignados, murmurando excusas que nadie espera ni acepta, quedándome de pie contra el doble asiento ocupado por piernas y paraguas y paquetes, por Marie-Claude con su abrigo gris contra la ventanilla, el mechón negro que el brusco arranque del tren agita apenas como sus manos tiemblan sobre los muslos en una llamada que no tiene nombre, que es solamente eso que ahora va a suceder. No hay necesidad de hablarse, nada se podría decir sobre ese muro impasible y desconfiado de caras y paraguas entre Marie-Claude y yo; quedan tres estaciones que combinan con otras líneas, Marie-Claude deberá elegir una de ellas, recorrer el andén, seguir uno de los pasillos o buscar la escalera de salida, ajena a mi elección que esta vez no transgrediré. El tren entra en la estación Bastille y Marie-Claude sigue ahí, la gente baja y sube, alguien deja libre el asiento a su lado pero no me acerco, no puedo sentarme ahí, no puedo temblar junto a ella como ella estará temblando. Ahora vienen Ledru-Rollin y Froidherbe-Chaligny, en esas estaciones sin combinación Marie-Claude sabe que no puedo seguirla y no se mueve, el juego tiene que jugarse en Reuilly-Diderot o en Daumesnil; mientras el tren entra en Reuilly-Diderot aparto los ojos, no quiero que sepa, no quiero que pueda comprender que no es allí. Cuando el tren arranca veo que no se ha movido, que nos queda una última esperanza, en Daumesnil hay tan sólo una combinación y la salida a la calle, rojo o negro, sí o no. Entonces nos miramos, Marie-Claude ha alzado la cara para mirarme de lleno, aferrado al barrote del asiento soy eso que ella mira, algo tan pálido como lo que estoy mirando, la cara sin sangre de Marie-Claude que aprieta el bolso rojo, que va a hacer el primer gesto para levantarse mientras el tren entra en la estación Daumesnil.




Once




HALLADO EN EL SENA EL CUERPO DEL POETA PAUL CELAN

El pasado 1 de mayo dimos puntual noticia del hallazgo del cadáver de un ahogado, varado en las orillas del Sena. El cuerpo, que se encontraba en avanzado estado de descomposición, ha sido finalmente identificado como perteneciente a Paul Antschel, más conocido como Paul Celan, poeta judío de origen rumano y profesor de alemán en la Escuela Normal Superior de Sírap. Al parecer, según nos confirman fuentes fidedignas, el poeta se arrojó al río desde el puente Mirabeau en la noche del 20 de abril, presa de la enajenación mental que sufría desde hacía varios años, fruto de las iniquidades padecidas durante la última gran guerra.

El artículo pertenecía al periódico Le Monde (nótese: no a Le Figaro), y estaba fechado el cinco de mayo de mil novecientos setenta. El texto incluía una amplia reseña sobre la vida y obra del poeta suicida, firmada por el “nobel” Samuel Beckett, amigo íntimo del finado, y quien, precisamente, había invitado a Celan a almorzar a su casa el mismo día que este falleciera. Aclaraba el señor Beckett que no le sorprendió en absoluto la ausencia del poeta, pues eran harto conocidos en su reducido círculo de amigos sus frecuentes accesos de melancolía y sus posteriores desapariciones. En la nota necrológica aparecía impreso, como póstumo homenaje, el poema “Todesfugue”, traducido como “Muerte en fuga” o “Fuga de la muerte” (1948), una descripción del campo de exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau que calca la estructura musical de la fuga, y Beckett calificaba a Paul Celan como el más grande poeta en lengua alemana después de Hölderlin.
Cirus, rumano como Celan y estrechamente unido a él, lloraba en silencio sentado en el banco de l’Odéon.
Algunos días más tarde mi amigo escribió en su diario: «Paul Celan se ha tirado al Sena. El lunes pasado encontraron su cadáver. Este hombre encantador e insoportable, feroz y con accesos de dulzura, al que yo estimaba y rehuía, por miedo a herirlo, pues todo lo hería. Siempre que me lo encontraba, me ponía en guardia y me controlaba, hasta el punto de que al cabo de media hora acababa extenuado». Más adelante, vuelve sobre el tema. El suicidio de Celan le obsesiona: «Noche atroz. He soñado con la sabia resolución de Celan. Celan fue hasta el final, agotó sus posibilidades de resistirse a la destrucción. En cierto sentido, su vida nada tiene de fragmentaria, ni de fracasada: está plenamente realizada.» Y después: «Solo se escribe con pasión, con verdad, cuando se está acorralado. La mente trabaja bajo presión. En condiciones normales permanece improductiva, se aburre, se aburre y se aburre.».
Fue entonces, durante esos días, cuando le hablé de aquella joven vestida de novia a quien yo había visto arrojarse al metro, de su última mirada ―¿lúcida? ¿desesperada?―, de la mortaja de encaje ensangrentado, de su corona de flores mustias.
―Flores mustias ―repitió él, como reflexionando en voz alta―. Todo el sentido del suicidio de esa joven se encuentra en su corona de flores mustias. Sí, flores mustias. El símbolo de una pasión por la vida herida de brevedad, de imposibilidad para la felicidad. Arrojarse al metro luciendo esa corona fue su alegato, su verdadero acto de amor. Como Celan.
Quizá, pienso yo. Quizá sea el suicidio el único acto de amor, el único ejercicio de legítima libertad que le queda al ser humano.  Y me parece hermoso que Paul Celan escribiese su “Fuga de la muerte” ―Negra leche del alba…― y, años después, fuese hacia ella por propia voluntad, dejándose envolver por el abrazo del agua. Y me parece hermoso también, como a Cirus, que mi desconocida joven celebrase sus bodas con la muerte nimbando sus cabellos con un halo de flores mustias.
―¿Cómo mirar a un vivo sin imaginarlo cadáver, cómo contemplar a un cadáver sin ponerse en su lugar? ―me dice él.
Pero Cirus lleva varios días sin aparecer por la estación de l’Odéon. A estas alturas de mi relato supongo que no creerás, lector amigo, que yo conserve la más mínima duda acerca de Cirus. Ya sé que este Cirus no es mi Cirus, sino E. M. Cioran, como reza la solapa de sus libros, por mucho que ambos finjamos seguir jugando a un juego que, hasta ahora, nos satisface.
Hasta ahora, porque ahora su ausencia me inquieta y me hace recordar otras ausencias. La de Desideria, la de mi primer Cirus, la de Claire, la de Françoise, la de Julio… Quizá hace treinta y dos años me habría bastado con emerger del subsuelo y subir los ciento treinta peldaños que ascendían hasta tu buhardilla para recuperarte a mi lado, Desideria. Quizá, también ahora, bastase con trepar los escarpados cinco pisos del edificio del Barrio Latino donde sé que vive Cioran para volver a disfrutar de su compañía, de su charla amena y encantadora, de sus abruptos silencios… Pero tengo miedo. Sí, tengo miedo a salir de aquí aunque sea amparado en la oscuridad de la noche, a enfrentarme al espacio abierto, a los cielos de colores de Sírap.
Me siento cómodo en mi mundo suburbano, recorriendo túneles y laberintos que solo yo conozco, como un minotauro sabio y antiguo, sin edad, un minotauro que no se alimenta de jóvenes cuerpos sacrificados, sino de los espíritus de los habitantes de Sírap, de la esencia de Sírap. No deseo salir al exterior. No necesito salir al exterior aunque me abandones tú, Desideria; aunque me abandone Cirus, o Claire, o Julio, o Françoise, o E. M. Cioran, filósofo del nihilismo. ¿Nihilismo? ¿Qué cosa es esa? ¡Qué risa! ¡Qué bueno! ¡Es genial! Yo, y no tú, Emil Mihai Cioran, soy el último representante del nihilismo, el genuino, a pesar de que sé que niegas de antemano cualquier definición, cualquier clasificación. Tú envidias y temes a Paul Celan porque él osó afrontar el final, ese hermoso final que hubieras deseado para ti, el reservado a los dioses: lanzarse de un salto gozoso hacia el vacío. Y eres injusto contigo, y con todos, al temerlo y envidiarlo, Emil Mihai ―y ese es, sin duda, tu problema―, porque la muerte, la busque uno adrede o llegue cuando llegue, es siempre salto solitario ―gozoso o no― hacia el vacío. Y por eso yo, nihilistamente, decido permanecer aquí (o no hacerlo: es lo mismo, soy yo quien decido), en Sírap, mi ciudad invertida, laberinto, oscuro dédalo de ávido deseo, pasión o negación, aunque deba renunciar a vuestra compañía. Nihilistamente, porque asumo que, como Asterión, no soy ya un humano, sino tan solo un engendro, un monstruoso híbrido entre el Hombre y la Bestia. Una vida en tránsito (como la de todos, aunque pocos lo adviertan), en tránsito al vacío, a lo desconocido. “Somos nada que camina hacia la nada”, dice este nuevo Cirus que otra vez se sienta a mi lado en nuestro banco de l’Odéon. Y suspira. “Es el hastío”, se justifica.


                                                       

Diez



Le Figaro. Abril de 1968

TORMENTA LETAL EN LAS COSTAS DE NUEVA ZELANDA

En las cercanías del puerto de Wellington, Nueva Zelanda, un frente cálido tropical ha chocado contra una masa de aire frío originando una de las peores tormentas que haya sufrido este país, con olas gigantescas y vientos de 160 kilómetros por hora. Al tratar de entrar a puerto, el ferry Wahine se vio empujado contra los peligrosos arrecifes de Barrett, zozobrando a continuación con el trágico balance de cincuenta y un pasajeros muertos.

No fue esa la única tormenta, ni la peor, del año 1968. Desde enero había un nuevo líder en Checoslovaquia, Alexander Dubcek, que luchaba por la democratización socialista de su país. En el sur de Vietnam las tropas estadounidenses habían masacrado a la población civil en la remota aldea de My Lai. Ese mismo mes de abril, Martin Luther King había sido asesinado en Memphis, Tennessee, y en mayo el subsuelo de Sírap comenzó a trepidar bajo el fragor de las protestas estudiantiles tras improvisadas barricadas y la inusitada violencia de la respuesta policial. Sírap en colère. Y en medio de tanta indignación juvenil, el suceso feliz para mí.
Recuerdo la tarde que lo encontré, sentado en un banco de la estación de l’Odéon. Mi corazón dio un brinco en el pecho. ¡Cirus! ¡Cirus, después de tantos años! ¡Cirus! Era él, sí, era él. Reconocí la melancólica viveza de sus ojos chispeando entre el azul y el gris, la exuberancia rebelde de sus cejas y sus cabellos ahora ennoblecida por un aura de mechones de plata, su rictus amargo de payaso triste, la expresión tierna e inteligente del hombre que se ríe de sí. Mi Cirus. Mi amigo. El mismo de siempre, solo que algo más envejecido. Había sustituido su sempiterno gabán de buhonero por una gruesa chaqueta de paño y una bufanda de lana. Me acerqué a él con feliz alborozo y le abracé, pero Cirus no hizo ademán alguno de reconocimiento. Me senté a su lado y murmuré, tomándole las manos: “¿Aún sigues durmiendo en los urinarios de Les Halles? ¿Dónde has estado metido todos estos años?”. Él me miró esbozando una mueca cortés, de curiosidad divertida, de extrañeza. Después sonrió y me contestó con tono displicente, como si nos hubiéramos visto hace un rato o el día antes: “¡Oh! He estado dando una vuelta por ahí. Recorriendo el país en bicicleta. Todo el país. Una ocupación útil e instructiva como pocas, ¿sabes?”. Yo asentí. Desde luego, hubiera esperado cualquier cosa de él. “Pero habrías podido, al menos, enviar algún mensaje. Solo para tranquilizarme sobre tu paradero. Llegué a pensar lo peor…”. “Bueno, siempre he sido un tipo discreto”. “Lo sé, lo sé”. “He estado leyendo mucho, también escribiendo. Ahora me hospedo en un ático de la rue de l’Odéon, apenas une chambre de bonne, y vivo de la beca que obtuve por realizar mi viaje en bici. Y me veo en la obligación de aclararte que no sé quién eres. No te recuerdo. No, no sé quién eres y ni siquiera sé quién soy yo. Pero ven a verme cuando quieras y tomaremos juntos el té”. Otra vida en tránsito, pensé. Y obviando sus palabras, le apremié: “Cirus, Cirus, sabes muy bien que yo no puedo salir del metro ni abandonar el subsuelo de Sírap. Recuerda… mi fotofobia… ¡Oh, perdona! Has perdido la memoria. Y yo estoy enfermo y quizá algo ido. ¡Vaya pareja formamos! Tengo algo de vampiro, ¿sabes? Salir de aquí me mataría”. “Claro, tienes razón. Entonces vendré yo”.
Lo volví a encontrar al día siguiente, a la misma hora, en el mismo banco de la misma estación. Le hablé de Nadja, de Lucía, de Rosana —o quizá Rosaura—, de Lev Landau, de la doctora Aslan y del Gerovital, del día que lo detuvieron los esbirros de la Gestapo… Cirus no reaccionó. Se limitó a repetir: “No recuerdo nada. No recuerdo nada. Ya no soy el que fui, ya no sé quién soy”. Era todo muy extraño. Bordeábamos el absurdo. Lloró y rio escuchando las anécdotas que yo le contaba. “¿De verdad? ¿De verdad hice eso? ¿Tuve tantas novias? Podría ser, bien podría ser, ya lo creo. Lo que sí te digo es que he aprendido de las mujeres, y sobre todo de las prostitutas, fíjate bien, mucho más que leyendo docenas de tratados de Filosofía… como ese Lev Landau, de quien no me acuerdo, que aprendió a vivir limpiando letrinas y horadando túneles en el campo de Dora”. Devoró con fruición el librito de Lev. Memorias de un limpiador de letrinas o el sentido último de la Filosofía. “Interesante. Lúcido. Magistral”, dictaminó. “Reniega del hombre como constructo intelectual y lo convierte a través de sus miserias y su sensualidad en verdadero objeto de odio y amor. No puedo estar más de acuerdo con él. Verás, ahora para mí el placer consiste, únicamente, en llegar paseando, muy despacio, hasta los jardines de Luxemburgo, en sentarme al sol y oler el aroma de la hierba y de las flores en su perfecta quietud, sin aspirar a nada más. De vez en cuando me entretengo observando a otros viejos que pasean como yo, a algún lector solitario que se refugia, como yo, bajo la copa dorada de un castaño otoñal. Observo, también, el recorrido caprichoso de las nubes, los juegos de los niños, el destello irisado de las gotas de agua que brotan con fuerza de algún surtidor, el vaivén de las hojas llevadas por el viento… No hay nada más, ¿sabes?, nada más. En mí no hay recuerdos. Ya no sé quién soy”.
Nos veíamos casi todos los días en el mismo banco de la estación de l’Odéon. Le hablé de Françoise y de Jean Paul Sartre, a quienes conocía de oídas. Sobre Sartre, Cirus hizo un comentario que a mí, entonces, me pareció sorprendente: “¡Oh, ese pedante dogmático y engreído que pontifica desde su mesa del Café de Flore! Pero he de reconocer que tengo un punto en común con él a pesar de que, en general, me resulta detestable. Sartre sostiene que se ha entendido siempre mucho mejor con las mujeres que con los hombres. Este es, también, mi caso: yo prefiero las mujeres a los hombres. ¿Sabes por qué? Porque la mujer es más desequilibrada que el hombre. Es un ser infinitamente más mórbido y enfermo que el hombre. Siente las cosas de un modo que un hombre no puede siquiera imaginar. He observado que las mujeres están, a menudo, más cerca de mi manera de pensar que los hombres. Y quedé muy impresionado cuando leí que Sartre había dicho que él también prefería la conversación de las mujeres a la de los hombres”. Yo entonces pensé en la Maga y le hablé de Julito Cortázar, a quien él no conocía siquiera de oídas, aunque me confesó que admiraba profundamente a Jorge Luis Borges, escritor argentino como Cortázar Y después le hablé de Claire, de Marie, de Armand, de Pierrot y de Jean. “¿Es imaginable un ciudadano que no posea alma de asesino?”, me dijo él, y le hablé también de Louis Washkansky y del corazón de  Dénise Darvall. Cirus me escuchaba siempre y asentía. Sobre nuestras cabezas, Sírap trepidaba de indignación juvenil. Cirus meneaba la cabeza. “¿Para qué, para qué?”, repetía. “Tienen derecho a desear un mundo mejor”, contestaba yo, y él, después de mascullar varios “Hum, oh, ah, no sé, no sé, ¿qué es el deseo? Una sublimación venal que poco tiene que ver con la realidad. ¿Sabrán de veras construir ese mundo mejor? ¿Es eso posible?”, asentía como siempre. Y entonces me hablaba de sí mismo con sencillez, de sus problemas de insomnio, de su perenne insomnio, de sus noches en blanco preñadas de preguntas sin respuesta, de sus dudas y de sus aprensiones, de sus paseos nocturnos por Sírap, de sus conversaciones sobre la vida y la muerte a la puerta de cualquier burdel. La ternura de Cirus. Su bondad. Su fragilidad. Su escéptica pasión por la vida. Su humildad. Su grandeza.
Uno de esos días que no vino a mi encuentro, yo me dediqué a husmear, como tantas veces, las novedades expuestas en el quiosco de Montparnasse Bienvenue, presto a hacerme (hurtándolo) con alguno de los libros allí exhibidos. Un título llamó poderosamente mi atención. Le mauvais demiurgue. Sin saber bien por qué pensé en mi amigo. Fue un acto inconsciente de telepatía. O quizá puro azar. No lo sé. El caso es que en la solapa de aquel volumen me topé con una fotografía de Cirus. E. M. Cioran, rezaba al pie del retrato. Filósofo del nihilismo. Pensador y escritor de origen rumano afincado en Sírap, donde lleva una vida anónima y recoleta. Hombre apátrida, que no reconoce pasado, ni presente, ni futuro.
El ejemplar de Le mauvais demiurgue pasó, por supuesto, a mi bolsillo. Excitado, dediqué el resto del día a su lectura. Apenas ciento cuarenta páginas divididas en cinco partes.  En la primera, una referencia al gnosticismo: en la cima de los seres existe un Dios, un ser perfecto e inmanente cuya propia perfección hace que no tenga relación alguna con el resto de los seres imperfectos. Es inmutable e inaccesible. Descendiendo en una escala de seres emanados de aquel, llegamos finalmente al demiurgo, antítesis y culmen de la degeneración progresiva de los seres espirituales y origen del mal. En su maldad, el demiurgo crea el mundo, la materia, encadenando la esencia espiritual de los hombres a la prisión de la carne. En la segunda parte, los nuevos dioses: reflexión sobre el conflicto monoteísmo versus politeísmo. En la tercera, algo de paleontología: la casualidad de una visita a un museo lleva al autor a meditar sobre la existencia. En la cuarta, el encuentro con el suicidio. El individuo no liberado. Pensamientos estrangulados. En la quinta parte, el final, la posibilidad de concebir un pensamiento, un solo y único pensamiento cuya potencia haga pedazos el universo.
Tras la lectura, quedé estupefacto. ¿Ese tal E. M. Cioran era mi Cirus o no lo era? Volví al quiosco de Montparnasse y busqué con avidez, con urgencia extrema, más libros del autor. Encontré tres: Précis de decomposition, La tentation d'exister y La chute dans le temps, que no me molesté en robar y que hube de pagar en contra de mis costumbres. Porque se trataba de una situación excepcional, ¿entiendes, lector? Al igual que Le mauvais demiurgue, eran textos de negación. Deshilvanados. Inconexos. Fragmentarios. Incapaces de objetivar unos hechos o cualquier forma de narración. Las más de las veces confusos, pero muchas otras lúcidos, brillantes y prodigiosos como un cometa surcando la oscuridad sideral. Resultaba asombrosa, sin embargo, la vitalidad con que el autor plasmaba sus palabras en esos libros, con una extraña alegría, desafiante y fiera, destellando inexplicablemente. Las hojas escritas estaban llenas de potencia, de pasión para activar a sus lectores, para, en definitiva, “hacer despertar” las conciencias. Esos libros eran como látigos que ironizan la existencia, descritos con una fuerza que nos hace darnos cuenta de que realmente estamos vivos. Cirus. Absolutamente Cirus. ¿O no?
Encontré a mi amigo al día siguiente, sentado en nuestro banco de l’Odéon. Abrí la boca para formular todas las preguntas que, previamente, había pensado hacer. Pero no le hice ninguna. Llegado el momento, me limité a depositar aquellos cuatro volúmenes en su regazo. Él sonrió.
―Sí, sí, los he escrito yo―admitió―. Pero guárdame el secreto, ¿vale? No deseo que se sepa. Me gusta mi anonimato. Y, además, no creo que a ningún ciudadano sensato, comme il faut (tú ya me entiendes), le interese perder su tiempo leyendo esa clase de cosas. Tonterías. Solo son tonterías.
―Pero Cirus, perdón, señor Cioran, me temo entonces que yo he cometido un gravísimo error.
―¿Un error? ¿Por qué un error? ―se sorprendió él.
―Pues llamémoslo, mejor, confusión. Porque tú no eres Cirus, mi amigo. Eres E. M. Cioran, filósofo del nihilismo.
Cirus ―o el señor Cioran― rompió a reír con ganas, a reír hasta las lágrimas, hasta que un acceso de tos le obligó a sacar su pañuelo, a secarse las lágrimas y a dejar de reír.
―¡Ay! ¡Filósofo del nihilismo! ¡Ja, ja, ja! ¡Ja, ja, ja! ¡Qué risa! ¡Ay, querido! ¡Yo no soy ningún filósofo, ni siquiera un escritor! ¡Soy demasiado vago, demasiado perezoso para serlo! Solo escribo esas cositas. Pensamientos. Tonterías. ¡Filósofo! ¡Qué ocurrencia! ¡Qué bueno!
―¿¡Bueno…!? Eso es lo que pone aquí. ―Y le mostré la solapa de uno de los libros.
―¿Y vas a creer todo lo que dicen los libros? ¿Todo lo que ponen los editores en las solapas de los libros que desean vender?
―Pero, entonces… ¿Eres Cirus o no eres Cirus?
―¡No lo sé! Supongo que sí. Tú dices que lo soy. Y te diré algo más: ¡me gusta ser Cirus, al menos para ti! Así que asunto zanjado. Pero también soy E. M. Cioran.
―¿E. M.? ¿Y qué narices es eso de E. M.? No es ningún nombre. ¿Te divierte que te conozcan por siglas?
―Emil Mihai Cioran. Cirus ―resolvió él, ahora ya serio―. Y sí, me divierte. No deseo tener nombre, ni patria, ni religión, ni estatuto, ni nada de nada… Nada que me ate a cualquier definición. Así que, a partir de ahora, olvídalo. Cirus me parece perfecto. Y no sigas poniéndote tan cargante. Es algo que detesto.
Asunto zanjado. Totalmente zanjado. Nunca volvimos a hablar de aquello. Cirus siguió siendo Cirus, al menos para mí, y, por supuesto, continuamos viéndonos casi todos los días a la misma hora, en el mismo banco de la estación de l’Odéon.



Nueve



MUERE EN SUDÁFRICA EL PRIMER PACIENTE TRASPLANTADO

Fallece de neumonía Louis Washkansky, exactamente a los dieciocho días de recibir el corazón de Dénise Darvall, una joven oficinista de 25 años muerta en accidente de tráfico.

Era el veintiuno de diciembre de mil novecientos sesenta y siete. Le Figaro continuaba informando sobre el suceso: El día 3 de diciembre todos los teletipos habían recogido una noticia que asombró al mundo. En un hospital de Sudáfrica, el doctor Christiaan Barnard acababa de realizar con éxito el primer trasplante de corazón de la historia de la Medicina. El receptor de tal prodigio era un comerciante de 56 años llamado Louis Washkansky, hombre corpulento y optimista desahuciado por un irreversible problema cardiaco al que se unía una diabetes aguda. La donante se llamaba Dénise Darvall, una joven de 25 atropellada junto a su madre por un automóvil. La operación, de más de seis horas de duración, había sido llevada a cabo por un equipo de cirujanos dirigido por el tal doctor Barnard. Washkansky había declarado, nada más despertar, que se sentía mucho mejor y más joven con su nuevo corazón. Médico y paciente fueron inmediatamente catapultados hacia la fama, aunque ahora, dieciocho días después, el paciente había fallecido a causa de una neumonía producida por el propio tratamiento inmunosupresor.
Las páginas de Le Figaro  recogían el debate bioético (¿está muerto el que no respira pero su corazón late?), pero yo me sentía extrañamente seducido por otra idea: que Washkansky no había muerto de neumonía provocada por los inmunosupresores, sino asesinado por el corazón de Dénise Darvall. Sí, el corazón de Dénise Darvall, que había sobrevivido a su dueña durante aquellos dieciocho días latiendo dentro del pecho de un extraño. El corazón de Dénise Darvall había conservado su memoria residual porque seguía siendo Dénise, imposible de descomponer en partes, trozos o segmentos de corazón, hígado, páncreas, riñón o pulmón que fueran ella o no fueran ella. Los seres humanos somos un todo, ¿o no?, y lo que había ocurrido, sencillamente, era que el corazón de Dénise se había negado a latir dentro de un cuerpo que no era el suyo y había asesinado a Washkansky como respuesta a esa profanación, causándole la infección letal. Era ella quien le había rechazado a él y no al contrario. El corazón de Dénise, ese corazón que seguía siendo Dénise contenida en un cuerpo ajeno, se había rebelado contra el avance de la ciencia médica.
La idea le gustó a Julio.
—Es un buen punto de partida para un relato, viejo. Escríbelo.
—¿Yo? Yo no. Te lo brindo a ti, Julito. Es un regalo que te ofrezco.
—¿Sabes, viejo? Hace tiempo que decidí que no merece la pena usar ideas ajenas para escribir. Siempre decepcionan a uno o a otro, o a los dos. Nunca se ajustan a lo que su ideólogo vislumbró. Se quedan cortas o resultan excesivas. No gustan y entonces solo sirven para sembrar discordia. En serio, viejo, es tu idea y a mí me parece buena, pero debes escribirla tú.
Lo que pasaba era que me daba pereza. Significaba ahondar en temas dolorosos. Volver a recordar a Desideria, a Cirus, a Françoise, a Claire, porque escribir un relato, yo escribir un relato, y no meras observaciones de metro, significaba hacerlo desde mi contexto, desde mi purgatorio particular oculto tras el plano secreto de Sírap, de una ciudad invertida, y Desideria, Cirus, Françoise, Claire (y también Julio) formaban parte de mi contexto, lo mismo que mi fotofobia y mi soledad.
Y Julio me lanzaba de bruces contra el dolor, contra el dolor de redescubrirme a mí mismo. Pero acepté el reto. Escribí un cuento, “El corazón profanado”, que se publicó en Le Figaro, y luego enfermé.
¿Qué corazón hubiera preferido albergar yo en mi pecho de haber podido escoger? ¿El de Desideria? ¿El de Cirus? ¿El de Lev Landau? ¿El de Françoise? ¿El de Claire? ¿El de Julio? ¿En qué pecho hubiera deseado yo latir? Imaginaba un corazón palpitante, titilando como un pájaro apresado en la jaula de la ebúrnea columnata formada por el costillar; expuesta, en su compleja organicidad, toda la red de venas, arterias y capilares. Un músculo tremolante del tamaño del puño bombeando sangre fresca de forma eficiente, obedeciendo siempre a la pulsión invisible de un entramado de rieles neuronales. Sangre a raudales, ríos de sangre fresca y roja, alimentando con su caldo rico y caliente órganos internos y extremidades. Roja. Mucha sangre roja. Creo que enfermé de empacho de sangre como otros enferman de algún empacho de salsa de tomate Campbell’s, convertida en icono de la modernidad gracias al artista Andy Warhol…
Vagué, ardiendo de fiebre, por el dédalo de túneles de la mágica Sírap. Deliré contemplando, atónito, el paso de veloces vagones que jamás se detenían. Corrí tras ellos. Descubrí estaciones desconocidas, iluminadas por luces blancas y puras, revestidas con baldosas blancas, amuebladas con bancos blancos y creí enloquecer por la ceguera. Intuí que aquello podía ser el cielo y deseé con toda mi alma hallarme en el infierno. Sentado en uno de aquellos vagones que pasaban sin detenerse vi a Julio, vi a Claire, a Françoise, a Cirus, a Desideria… Vi pasar mi vida entera a toda velocidad. “El metro es un lugar de pasaje, un lugar donde siempre tengo la sensación de que el tiempo cambia, que no es el mismo que transcurre ahí arriba, que pertenece a otra dimensión, a otra categoría lógica. Todo puede suceder en el interior de un vagón de metro, incluso que el tiempo no exista en absoluto”. Las palabras de Julio martilleaban mis sienes. Tránsito. Pasaje. Dimensión. Categoría lógica. Mandala. Múltiples direcciones convergiendo en un punto único y total. Una historia no lineal. Sí. Así había sido mi vida. Cualquier vida. En mi pecho latía un corazón profanado. Profanado por el amor (por el amor de todos a quienes había amado). Profanado por el horror (por el horror esencial, por el asco de sentirme un ser humano).
La locura alcanzó el paroxismo una noche. Sentado en el banco de un andén embaldosado fui testigo involuntario de un suicidio. No había nadie en la estación, nadie excepto ella y yo, una novia vestida con un traje de encaje blanco, tocados sus cabellos con una corona de flores mustias. Ocupaba el mismo banco que yo, pero justo en el andén contrario. Sola..., lánguida y desmadejada. Su presencia adquirió para mí visos fantásticos. ¿Una novia renuente o acaso desdeñada? ¿Qué extraña historia de locura o desvarío habrían confesado aquellos labios exangües? Pensé en Berenice y en  Ligeia. Mi imaginación se desbordaba. Ella lloraba y yo me acordé de ti, Desideria… Mas ¿cómo acercarme, cómo consolarla? Nos separaba un foso oscuro, sucio, grasiento de aceite y gasóleo; dos vías de tren que corrían en direcciones opuestas… Paralelas pero opuestas. Ella me miró. Se mordió los puños, murmurando algo. ¿Por qué, por qué?, creí oírla decir. Sonó un pitido. Era el metro que llegaba. Y entonces, un sollozo más agudo, un revoloteo de encajes, un salto al vacío, un vértigo, un grito, el ruido del choque y el frenar metálico, chirriante, de la monstruosa serpiente. Belleza inerte, abatida, rota junto a una corona de flores mustias. Inocencia amortajada en un vestido de tul blanco ensangrentado. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Seguía aún latiendo su corazón, herido tal vez de amor y decepción ―pequeña Ana Karenina― o quizá rebelde como el de Dénise Darvall, debelado ya a la muerte?  
Poco a poco recuperé la salud (no la cordura). Pero me sentía agotado. Bajo la bóveda de Des Abbesses descubrí que tenía una nueva compañía. Un minino desterrado del mundo de arriba, como yo mismo. Lo llamé Ideafix. Descubrí que podía pasar horas mirando cómo dormía, enroscado sobre mi manta, respirando muy levemente pero siempre alerta. Ideafix era mejor superviviente que yo. Un gato de buen tamaño que mantenía ahuyentadas a las ratas con la eficacia de su sola presencia. Un animal agresivo y fiero, lo que no le impedía disfrutar de mis caricias con sordos ronroneos de placer y aceptar de mi mano las raspas de pescado, las sobras que yo rebuscaba para él en las papeleras de Montparnasse o de la Gâre du Nord. Una hermosa alianza de instinto y elegancia que se limitaba, simplemente, a vivir lo mejor que podía, sin pensar en absoluto, sin sufrir.

(Fotografía de Adrien Royo)

Ocho



ARMORICA, LA ÚLTIMA ALDEA GALA

«Estamos en el año 50 antes de Jesucristo. Toda la Galia está ocupada por los romanos… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor»

El veintinueve de octubre de mil novecientos cincuenta y nueve salía a la venta en todos los quioscos de Sírap el primer número de la revista Pilote y ese mismo día comenzaban a publicarse, con éxito inmediato, las historietas de Astérix el Galo (a las que enseguida me hice adicto), hecho del que daba puntual cuenta Le Figaro en su edición del día siguiente.

Debió de ser uno de aquellos días cuando conocí a Julio. En contra de mi costumbre de recordar todas las fechas con pulcra exactitud, esa se me escapa. Quizá porque fue él quien me buscó a mí y yo, al principio, no le di demasiada importancia al encuentro…
Lo que sí recuerdo muy bien es que aquel día yo asistía, divertido, al intercambio de melindres de una curiosa pareja. Ella era gorda, muy gorda, de facciones grandes y de una carnosidad desbordante, lujuriosa en su desbordamiento; él, flaco, muy flaco, huesudo e insignificante y navegaba perdido en aquella masa de grasa, besando, pellizcando, arrullando, con riesgo de perecer asfixiado entre los brazos de su amada a quien llamaba, con grotesca delicadeza, “pichoncita mía”. Entonces, una especie de sansón de espeso cabello negro e intensísima mirada verdeazul se sentó a mi lado, hurtándome el espectáculo.
Se encaró directamente conmigo.
—¿Tengo el honor de hablar con el autor de la serie de artículos que lleva por título “Crónicas de Sírap”?
A mi pesar moví afirmativamente la cabeza, como hipnotizado, tal era el poderoso atractivo que emanaba aquel sansón.
Apretó vigorosamente entre las suyas mi pobre mano derecha. ¡Ay! Casi pude oír cómo crujían mis dedos...
—Un grandísimo placer conocerlo. Me llamo Julio Cortázar. Argentino, aunque ya llevo unos años viviendo aquí, en Sírap. 
¿Y por qué me buscaba, precisamente a mí, aquel coloso argentino? A esas alturas yo también llevaba ya unos años (más de veintidós) habitando el secreto universo del metro de Sírap. El transeúnte normal, de haber coincidido conmigo en algún vagón, no habría encontrado en mí nada digno de mención: simplemente un tipo entrado en la madurez (divertido y forzado eufemismo para definir mi edad, ¿no te parece, lector?), de aspecto correcto y aseado, que observaba el tropel de gentes, su continuo ir y venir, tras el escudo de un libro, de un cuaderno de dibujo o de la sábana de papel entintado que componía mi ejemplar de Le Figaro. Lucía unas gafas de cristales ahumados y montura redonda que me daban un aire vagamente intelectual, como de profesor de instituto, y sobre mi todavía abundante cabellera me encasquetaba una gorra. Mi atuendo, invariablemente un jersey de cuello alto de color oscuro, una chaqueta de franela castaña y una bufanda, resultaba un tanto bohemio, quizá, pero atildado. Nada que llamase excesivamente la atención. Todo lo contrario de Julio, imponente, gigantesco desde sus casi dos metros de estatura, arrollador y, sin embargo, dueño de un “no sé qué” cándido y tierno que incitaba a perdonarle cualquier cosa, cualquier exceso, incluido el de su físico. Quizá ese candor residiera en la mirada de sus ojos soñadores, muy separados, como de anfibio o de pez… o en el enorme tamaño de sus orejas, de aire decididamente volador.
Julio Cortázar solo quería conocerme para charlar. No más. Había leído mis crónicas y le habían interesado y, ni corto ni perezoso, había solicitado mis señas a la redacción de Le Figaro. Por supuesto, allí no le dieron razón. Y Julio ya se iba de las dependencias, cabizbajo e intrigado por la escurridiza identidad de aquel articulista underground, cuando, de repente, se hizo la luz en la cabecita de la gentil recepcionista.
—¡Espere, caballero! El autor de los artículos es, como ya le he dicho, un colaborador anónimo. Solo puedo informarle de que realiza la entrega y cobro de sus trabajos en la estafeta de correos de Montparnasse Bienvenue. Puntualmente. Todos los jueves, sobre las 10.45. Quizá pueda serle de alguna utilidad…
Y claro que lo fue, porque Julio me encontró.
Pero yo, por aquel entonces, no me sentía con ganas de entablar una nueva amistad, ni siquiera un conocimiento cordial y superficial. Mi corazón estaba encogido de frío después de lo de Claire, hacía tiempo que no sabía nada de Françoise… Y aquel dichoso Julio hablaba y hablaba sin parar con un gangoso arrastrar las erres…
—Pues, como le digo, llevo ya unos años viviendo acá con Aurora, mi mujer. He hecho un poco de todo. En la Argentina era profesor, pero aquí he trabajado hasta de empaquetador de pedidos para una editorial. Ahora traduzco para la Unesco. Y, además de traducir, escribo. Relatos. Impresiones de viajero en tránsito, ambulatorio, por este planeta de locos… Por eso me interesaba tanto conocerle a usted… Usted también vive en tránsito… El metro es un lugar de pasaje, un lugar donde siempre tengo la sensación de que el tiempo cambia, que no es el mismo que transcurre ahí arriba, que pertenece a otra dimensión, a otra categoría lógica. Todo puede suceder en el interior de un vagón de metro, incluso que el tiempo no exista en absoluto. Y usted es el testigo de esa transformación elemental, que no por cotidiana me fascina menos. Por eso le envidio, amigo.
¡Ah! Así que era por eso. Un escritor extranjero, seguramente pobre y en busca de fama y fortuna. No, de fama no. De fortuna, tampoco. Cortázar dejó claras sus intenciones muy pronto. Hablaba pausado, con esa timidez tan suya, tan encantadora, un poco inocente y honesta, que mostraba siempre cuando se refería sí mismo:
—Aspiro a vivir como creo que debo vivir, lo que no es poco si se piensa bien. Escribo porque me gusta escribir, sin hacer proyectos para el futuro. Sírap me resulta una ciudad mítica, estimulante, un buen punto de observación. Yo desde arriba… tú desde abajo. Hacemos lo mismo ¿no? Como a ti, me interesa mi tiempo y mi mundo. Creo que con eso basta y sobra para estar atareado, ¿no te parece? Y no siento ningún deseo especial de obtener laureles u honores. No veo para qué podrían servirme, como no fuera para apoyar alguna noble causa perdida…
¡Ay, Julio! La cuestión es que apareciste en mi vida en un momento muy malo. Tú me buscabas a menudo (y me encontrabas, claro) sin darte cuenta de que tu presencia me apabullaba, de que tu exuberancia vital e intelectual —aunque yo básicamente compartiera todas tus premisas— eran, entonces, demasiado imponentes para mí. Tardé mucho en considerarte mi amigo. Lo siento, camarada, pero fue así.
A ti te apasionaba el jazz. Pero mira por dónde, a mí el jazz me recordaba a Françoise. Y tú te empeñabas en que escuchásemos juntos tus discos de Jelly Roll, de Duke Ellington, de Louis Armstrong o de Coltrane. Y yo entonces la veía a ella, danzando con su vestido ajustado de escote hondo y falda volátil, resonando los ecos de la cuerda y el metal bajo la bóveda del metro de Sírap… ¡Bueno! Y eso a pesar de que —creo— nunca la llegué a amar. ¡Che, Julito! Lo que ocurrió es que me pillaste viejito y algo chocho —“andropáusico”, querido— hecho todo un desecho de melancolía y manías.
Así que, a mi pesar y por tu empeño, mantuvimos una suerte de relación de seudoamistad. De vez en cuando desaparecías. Y he de reconocer que, entonces, te añoraba. Hacías viajes. A los Estados Unidos de América. A Cuba. Tomaste conciencia política. Sí, así fue. Del interés estético e intelectual por la época que te había tocado vivir pasaste al interés político y social. Te implicaste. Justo lo que yo había intentado evitar. Claro que yo vivía confinado en los infiernos… y tú eras libre de moverte a tu antojo, aquí o allá, arriba o abajo, como ese pez volador al que tanto me recordabas… ¿Envidia? Seguramente.
Un día regresaste contando que trabajabas en una novela. Por entonces, ya habías publicado algo y empezabas a tener un nombre. Y yo no podía dejar de pensar que eras como la vuelta de tuerca de aquel dichoso Ernest Hemingway que acababa de suicidarse pegándose un tiro con su escopeta. Americanos… Demasiado “físicos” para la preciosista y decadente mentalidad europea. Pero tu novela iba a ser un allá y acá. El plano de una nueva ciudad secreta, invertida como Sírap, reflejada… Trabado con una estructura revolucionaria. Como la de un mandala. De hecho, así pensabas titularla. Mandala. Una novela surrealista que se leyera de distintas maneras, sin principio ni final. Múltiples direcciones convergiendo en un punto único y total. Lo absoluto. Una historia no lineal, que podía empezar en el primer capítulo o en el capítulo setenta y tres, por poner un ejemplo, y que debía contar, para ser leída, con la colaboración de un lector que tomase parte activa en el proceso creativo. Sí, así, de un plumazo, pretendías cargarte la secuencia narrativa como norma y convertir la lectura en acto místico de comunión y participación. Compartamos juntos el cuerpo de Cristo. Hagamos juntos cultura.
Era, sencillamente, una idea genial. Audaz. Innovadora. Una “contranovela”. Irreverente con todo lo anterior. Americana…
Y los personajes… Todos ellos eran tú. O, mejor dicho, todo lo que tú habías vivido hasta entonces, en Sírap o en Buenos Aires. Y estaba la Maga… (¿La encontraste al fin, Julito? ¿Tocaste con un dedo el borde de su boca, dibujándola como si saliera de tu mano, como si por primera vez su boca se entreabriera…?).
—¿La Maga es como Françoise? —me preguntaste un día.
Bebíamos dedales de absenta y fumábamos tabaco americano bajo la bóveda de Des Abbesses.
Y a mí me asaltó la duda.
—Creo que no. No estoy seguro, pero creo que no. Pero lo que sí creo es que a Françoise le habría gustado ser como la Maga. La Maga es más. A Françoise le sobra inteligencia para poder ser como ella, pero su inteligencia es un estorbo en este caso, ¿sabes? La inteligencia no siempre es el atributo más conveniente para vivir la vida y comprender el mundo…
—Claro. Y veo que has captado muy bien al personaje, amigo. Así es como la imagino yo. Vital, esplendorosamente intuitiva y humilde, pero sobre todo vital, no más.
—La Maga es como Desideria. O como Claire…
Sin saber por qué empecé a llorar.
—Anda, Julito, hazme un favor. No la titules Mandala.
—¿Por qué, viejito? ¿Y por qué te me pones a llorar?
—Mierda, Julito. Lloro porque me da la gana. Porque contigo siempre estoy al borde… ¿Es que no lo ves? Me apabullas, chico. Me apabullaste desde el primer día. Tan poderosamente tú, cuando yo estoy hecho simple y pura mierda… En serio, Julio, Mandala no es un buen título.
—¿Pero por qué, viejo? ¿No te gusta?
—No es eso. Sí me gusta pero, por lo me has contado, me da que a tu novela no le pega. Tu novela resulta demasiado contemporánea… Es muy hija de su tiempo y del momento. Tiene su punto místico y universal, no lo niego, pero se trata de una mística contemporánea. Tú no eres Herman Hesse, alemán, escribiendo Siddhartha. Eres Julito Cortázar. Argentino. Tu mística es otra mística. Tu cultura es otra cultura. Tu novela no tiene ecos de mantra, suena demasiado a Billie Holiday. No la puedes titular Mandala. Sería como meterle un elemento postizo. Además, mucha gente no va a saber lo que es un mandala.
—Pero la estructura de esta novela se asemeja al diseño de un mandala… Múltiples direcciones que convergen en un punto único y total… Lo absoluto. El cielo como meta.
—O al del juego ese de la piedrita que juegan los niños a la pata coja. Ese juego también funciona como una alegoría de la tierra y el cielo… ¿Cómo se llama? Dicen que está inspirado en La divina comedia. En el fondo no es más que un mapa de la vida hecho con tiza…
—La rayuela. Se llama juego de la rayuela. Rayuela…
Julio me miraba con ojos brillantes.
—¡Eh, viejo! ¡Viejito mío! ¡Loco, loquito, bribón! Lo has encontrado, ¿sabes? Has encontrado el título bueno… Sí. Rayuela. Mejor que Mandala. Tienes toda la razón. Va a ser Rayuela, mi viejo…
Algunos meses después —corría, si no me equivoco, el año 1963; yo ya había sobrepasado los cincuenta y creo que Julio no andaba lejos—, Cortázar acudió a mi encuentro portando un misterioso paquete que me entregó mirándome con gran afecto.
—Aquí la tienes, viejo. Es Rayuela. Tu Rayuela. Dedicada a ti.
El libro se lo había publicado Editorial Sudamericana y, cómo no, estaba escrito en castellano, lengua que yo comprendía con bastante dificultad. En la portada aparecía, con trazos de tiza vacilantes, como lo dibujaría un niño, el diseño de casillas del juego de la rayuela…
Como yo sabía poco castellano, Julio improvisaba, leyéndome en voz alta, entre cigarrillos rubios y dedales de absenta, la traducción de la novela.
Cuando Gallimard publicó la edición francesa yo rehusé leerla. Rayuela me había subyugado como me han subyugado muy pocos libros en esta vida, pero había sido precisamente así, desgranado de labios de Julio con su arrastrar gangoso las erres, como se desgrana un tango… Esa era mi Rayuela y no otra. La que verdaderamente estaba dedicada a mí.