Lecturas de verano (2). De terror



El terror, como el humor, es otra alternativa de lectura fascinante en tiempo de ocio estival. Que, además, me sirve para confirmar el excelente estado de salud de que goza la literatura aragonesa, como lo demuestra, sin ir más lejos, esta antología de terror publicada recientemente con el número 11 de la colección “Sueños de tinta”, de Mira Editores. Su título: Nuevas leyendas aragonesas. La firman: Óscar Bribián, David Jasso, Roberto Malo, Fermín Moreno, José María Tamparillas y Juan Ángel Laguna Edroso.
La antología ha sido ya profusamente reseñada por plumas ilustres tanto en prensa como en web, así que poco puedo añadir yo. ¿Diré que es una pequeña joya en su género porque posee un singular equilibrio de partes que conforman un todo muy coherente y atractivo? Lo digo, pero ya estaba dicho. La edición es primorosa y la selección de textos, acertada: se mantiene el ritmo y la atención del lector, presionando y aflojando para no exigir demasiado, como debe ocurrir en toda buena antología —y cuánto más si es de terror—. Por poner un pequeño "pero", he echado en falta en sus páginas un encabezado que recuerde al lector el título del relato y el nombre de su autor.
El recorrido por esta tortuosa senda se inicia con “La leyenda de Escriche”, de Óscar Bribián, donde se demuestra que existen horrores más atávicos que el horror de una guerra. El miedo posee una substancia antigua, primigenia, salpicada por el hedor putrefacto de los seres prodigiosos enterrados en el humus, como bien saben los adictos a Cthulhu. Pero el miedo —y la angustia, su criatura— ronda siempre los linderos de lo verosímil y lo cotidiano. Tal ocurre en el largo e intensísimo relato de David Jasso, titulado “Hijos del hielo”. Angustia que cede paso al humor “negrotirandoablanco”, imaginativo y fértil, más colorista y amable, del cuento de ciencia ficción, “El rayo rojo”, que firma Roberto Malo… para luego ascender de nuevo a las cotas del horror más primordial —el de lo bestial— y contemplar el apocalipsis de un futuro no muy lejano desde lugares tan habituales como  la plaza del Pilar, el monasterio de Veruela, Tarazona o la cima del Mons Caunus, en esa “parada de los monstruos” magistralmente recreada por Fermín Moreno en su “Señor del Moncayo”. Pero para las mentes sencillas de las gentes que han poblado nuestras tierras largos siglos, ¿existe algo más terrible que una extraña señal, un misterioso monolito fácilmente asimilable al de 2001? ¿Advertencia? Quizá semilla del mal. Origen de todo pecado. Símbolo del olvido y del abandono. Son “Los signos de Caín”, que dan nombre a la lírica e inquietante narración descrita por José María Tamparillas. Y el sendero toca fin con un tema que ya es clásico, el relato “Tierra de brujas y endemoniados”, ambientado en lo más recóndito de las sierras pirenaicas y obra de Juan Ángel Laguna Edroso.
Hasta aquí lo descriptivo (sin desvelar demasiado), para servir de orientación al posible lector. Y una reflexión: lo malo de comentar una antología es que hay que repartir entre varios lo que normalmente se restringe a uno. Así que intentaremos subsanar esa pequeña injusticia dedicando un comentario algo más amplio a uno —solo a uno, lo siento: una entrada de blog no da para mucho— de los relatos. ¿Cuál? Pues es difícil, pero… bueno, me mojaré eligiendo el de David Jasso, de quien soy fan desde que leí La silla y a quien reconozco como maestro indiscutible del juego de la angustia y verdadero experto en eso de recrear tensión, incertidumbre y sufrimiento a partir de elementos extraídos de lo familiar y lo cotidiano. Fácil y exquisitamente. Sin recursos sofisticados. Las historias que cuenta David son terroríficas precisamente porque resultan plausibles (aunque sean absurdamente plausibles, como en el caso de La silla) y porque están narradas con la meticulosidad del perfeccionista.
“Hijos del hielo”, el relato que nos ocupa, se desarrolla en Fuendetodos, en las primeras décadas del siglo XX, y pudo ser una de tantas tragedias lorquianas hiladas en la urdimbre del amor y el desamor, del deseo, el odio, la esterilidad y la muerte. Una Yerma tramada en el frío glacial de los neverones fuendetodinos (profundos agujeros excavados en la roca donde se almacenaba el hielo que enfriaba las despensas zaragozanas), tejida en la pena más honda por el destino de unos niños, mecida por sus sonrisas, narrada en primera persona con mimo minucioso, lento, doloroso… El resultado es una labor de encaje ensamblada con imágenes tan bellas como cristales de nieve, tan puras como estrellas y carámbanos, tan agónicas y despiadadas como la premura… más allá del límite de toda esperanza… Y, tras una “vuelta de tuerca”, un final tan insospechado como sorprendente.

Una espléndida antología de terror, en clave de leyendas de la tierra renovadas con maestría, que recomiendo… como antídoto al calor.  

7 comentarios:

roberto dijo...

Mil gracias por la reseña, Teresa. La verdad es que la leyenda de David Jasso es una auténtica joya.

Un beso.

Teresa Sopeña dijo...

Bien, en realidad se trata de un libro formado por seis joyas.
Besos y ¡suerte!

David Jasso dijo...

Jo, gracias por la reseña y en concreto por tu análisis de Hijos del hielo. Me has hecho enrojecer. Pero ¿estás segura de que al no haber encabezado en las hojas, no te has equivocado y hablas de otro relato? Mira que son todos muy buenos...
Un abrazo

Oscar Bribian dijo...

Gracias por la reseña, Teresa. Me alegra saber que gusta hasta a los exigentes.

Teresa Sopeña dijo...

Gracias a vosotros, Óscar y David. La verdad es que así da gusto reseñar un libro...

Fermín dijo...

Hola, Teresa:

Muchas gracias por la reseña :-), ya he colgado el enlace en el Feisbuk y en mi blog escritoril.
Un abrazo.

Fermín

Teresa Sopeña dijo...

Como les decía a Óscar y a David, gracias a vosotros, Fermín, por los "malos" ratos que me habéis hecho pasar con vuestras leyendas. Todos los relatos están a la altura y sorprenden por su variedad y por su calidad. ¡Suerte!