Hiladuras



Escribo con las entrañas.
No sé escribir en el teclado del ordenador con los diez dedos de las manos. Soy un poco torpe para eso. Sé dónde está cada letra, cada signo, pero solo sé utilizar un dedo de cada mano. Dos dedos. “Anda”, me dijo un día Eva, “solo usas para escribir los dos dedos corazón”. Lo pensé. Era cierto. Y eso que por aquel tiempo yo escribía al dictado dos o tres informes médicos cada día. Pero me pareció bonito. “Será porque escribo con el corazón”, le contesté.
He llorado al escribir bastantes pasajes de mis novelas y vuelvo a llorar al releerlos.
En general “vivo” lo que escribo. Y sobre todo siempre logro enamorarme de mis personajes. Son mi gente. Busco en ellos su ternura. La chispita de “humanidad” que les deja ser y existir.
Cuando escribo una novela, esa novela es mi novela.
Pero cuando la termino, la repudio. A mí lo que me gusta es escribirla. Una vez concluida me distancio de ella.
No me gustan las novelas llamadas “femeninas”. No me gusta que las historias que cuentan las mujeres sean siempre “de mujeres”, que nunca se lleguen a apartar de la visión femenina y que sus temas sean poco amplios, circunscritos al ámbito del sentimiento y de lo inmediato. Quizá, por rebeldía, yo me siento más cómoda en los papeles de hombre. Prefiero los horizontes literarios de los hombres. En mis novelas, de la primera a la última, rastreo siempre un determinado prototipo masculino: el hombre maduro, casi sexagenario, inteligente, culto, refinado, diletante, reflexivo, filosófico, bondadoso y tolerante. Ernesto Mancini, Pere, Lluvia en el Rostro, Maximilien Schwartz y el capitán Thomas Tew, este último con el añadido de una chispa genial de cinismo. Y he llegado a pensar que ese personaje (que casi nunca suele ser el protagonista) se debe de parecer bastante a mi “ideal” personal. Así que creo que en el fondo yo soy ese señor sexagenario que se esfuerza por ser inteligente, culto, refinado, irónico, reflexivo y tolerante. Es mi personaje. Saludos.
Me gusta experimentar con ideas, temas y estructuras nuevos, jugar con la arquitectura que sustenta el meollo de lo que deseo contar. Me dejo arrastrar a veces por los raptos de las musas… Improviso, me salgo del guion preestablecido. Vuelvo a la senda fatigosa del racionalismo. Pero supongo que al final siempre termino contando lo mismo.
En el fondo lo que intento en cada novela es reflexionar sobre cuestiones que me parecen esenciales (casi siempre éticas y abstractas pero consustanciales, creo, al Hombre: la Enfermedad y la Muerte, la Locura y la Lucidez, la Violencia, la Sabiduría, la Libertad) y hacer reflexionar al que me lea. Creo que lo consigo de modo irregular. En cuanto un libro es leído por otro deja de pertenecer al autor. Cada lector lo reinterpreta a su modo. A veces una se lleva agradables sorpresas y se topa con estupendos e insospechados lectores. O no. Es como arrojar una piedra a un estanque. Las ondas se expanden, al principio más rápido, más próximas unas de otras; luego, lentas, espaciadas, pero siempre propagándose.
Cuando escribo, me leo y me releo casi en cada sesión de escritura. Corrijo y retrocedo tanto como avanzo. Me documento siempre. Lamentable o afortunadamente, ya no lo sé, cada vez más a través de Internet. Eso me permite ser concienzuda. A veces, un tema me lleva a otro y surgen nuevas ideas.
Aprendo, reflexiono, planifico, asocio, imagino, invento… Disfruto muchísimo escribiendo. Escribir, viajar, leer. No sé en qué orden. Me gusta ser yo la mano que dirige la acción y la reflexión.
        

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