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¿Te apetece leer "La caja de gato"?


La caja  de gato estrena esta portada especialmente diseñada para la edición Kindle. Espero que os guste y, en caso contrario, se admiten opiniones. ¡Nada tiene por qué ser definitivo!

Podéis descargar la novela por un eurillo de nada a través de este enlace y leerla en el lector Kindle de Amazon, pero también en todos los dispositivos móviles, iPads, iPhones, smartphones y aparatejos varios.

Dejo aquí la reseña de La caja de gato escrita en su día por Antón Castro en el suplemento Artes & Letras del Heraldo de Aragón, así como diversos comentarios de algunos lectores para animaros a que os la bajéis.


  
“La obra La caja de gato viene quizás a recordarnos que no hay nada claro y seguro en esta vida, y nos lo muestra en el final del libro, donde de manera natural sueño y realidad se entremezclan. El soñador es el soñado aunque durante toda la obra haya sido lo contrario. Pero la autora ya nos había advertido de ello mediante una sencilla frase con gran carga de contenido: El principio es el final, aunque acaso pudiera ser al revés”.
Por Alexandru George Ciotirca


“La autora nutre la historia central con una selección determinada de leyendas, estudios, personajes históricos… que ella inserta en el momento adecuado para explicar o reforzar ciertos aspectos de la obra. [...] Volveré a leer y releer este libro tantas veces como pueda y probablemente en cada una de mis lecturas descubriré miles de aspectos nuevos que no he visto todavía”.
Por Jessica Izquierdo Bueno

“En el fondo, toda esta novela no es más que un juego alegórico entre dos conceptos: fantasía y realidad, magia o realidad”.
Por Leila Otmane Mohamed

"Una obra diferente a lo que me esperaba, pero no por ello peor.
Es como leer dos libros distintos a la vez y esperar que en algún punto se encuentren.
En algunos trozos te atrapa sin remedio y en otros se hace algo lento, pero vale la pena leerlo porque es un libro muy elaborado y cuidado y la autora ha sabido plasmar esa originalidad que no solo se transmite con el título sino con toda la obra".

Por Jeyre (lector o lectora de Amazon)

¡Salud y feliz lectura! 

   

A los alumnos de 1º de Filología...

…Que escogieron La caja de gato para hacer su trabajo de Teoría de la Literatura. La entrada de hoy es para ellos.
He tenido ocasión de leer estos trabajos gracias a la cortesía de Alfredo Saldaña, su profesor, y desde aquí deseo felicitarles. Sé que su cometido no era fácil. La caja de gato es una novela muy compleja nacida del sueño de Martín Bueno, protagonista, creador y autor de este pequeño galimatías que combina diferentes planos narrativos, diferentes registros de la realidad, diferentes escenarios, diferentes conceptos del tiempo y que, para colmo de males, debe su título a un extravagante y huidizo paradigma cuántico. Pero ellos han enfocado la cuestión con bastante sensatez, sin dejarse amilanar por su aparente complejidad, para terminar por descubrir que todo se reduce a algo mucho más común, muy común: un sueño y a una obsesión.
La lectura de estos trabajos ha resultado una tarea reveladora y enriquecedora para mí, además de muy grata. Por eso me gustaría que sus autores me permitieran realizar un pequeño comentario sobre cada uno. No sé si resultará correcto, pero tampoco soy capaz de resistirme a la tentación de transcribir sus nombres, porque creo que entre ellos y yo existe ya ese vínculo que une a lector y a escritor de forma íntima y mágica. Son Aránzazu Arroyo Alejos, Alexandru George Ciotirca, Jessica Izquierdo Bueno, Óscar Luaces Santamaría, Esther Miguéliz Obanos, Ana Monreal Rams y Leila Otmane Mohamed.

Como si se tratara del análisis de una composición melódica, para Aránzazu el estribillo de esta novela es el amor, el amor que impregna sus páginas en sus más diversas manifestaciones, y por eso ha centrado su trabajo en ese tema, regalándome frases tan hermosas como esta: “¿Acaso no es el amor una necesidad del enamorado antes que la respuesta real del amado?” y también “Amor por la vida. Por las pequeñas cosas de cada día. El amor es placer y el placer lo podemos encontrar en una mesa con un rico guiso, una frasca de vino, un cestillo de fruta y una hogaza de pan”.
Alexandru ha elegido la interpretación de los sueños como punto de partida para abordar el trabajo y llegar a una interesante conclusión: “La obra La caja de gato viene quizás a recordarnos que no hay nada claro y seguro en esta vida, y nos lo muestra en el final del libro, donde de manera natural sueño y realidad se entremezclan. El soñador es el soñado aunque durante toda la obra haya sido lo contrario. Pero la autora ya nos había advertido de ello mediante una sencilla frase con gran carga de contenido: El principio es el final, aunque acaso pudiera ser al revés”.
Jessica ha hecho algo realmente original. Ha escogido una serie de episodios, que ella denomina nutrientes (“La autora nutre la historia central con una selección determinada de leyendas, estudios, personajes históricos… que ella inserta en el momento adecuado para explicar o reforzar ciertos aspectos de la obra”) y los ha analizado en sí mismos y en su relación con la novela. No puedo estar más de acuerdo con Jessica y con su selección de nutrientes. Estos son: la paradoja de Schrödinger, la leyenda de Toro Bravo y Nube Azul, el capítulo titulado “El velo de Sherezade” y el breve apunte sobre Caronte. Y diré también que no he podido evitar emocionarme al leer las últimas palabras de su trabajo (“volveré a leer y releer este libro tantas veces como pueda y probablemente en cada una de mis lecturas descubriré miles de aspectos nuevos que no he visto todavía”). Gracias por tus palabras, Jessica.
Óscar también ha hecho algo muy especial. No solo ha analizado La caja de gato con lucidez y perspicacia, sino que ha intentado profundizar en la obra de quien esto escribe leyendo todos mis relatos publicados en un portal de Internet y descubriendo muchas de mis claves como escritora, “la estrecha relación entre algunas de las publicaciones de la autora (…) alusiones y vínculos cruzados entre unas y otras…”. A Óscar tengo que decirle que El coleccionista de tiempo terminó convertido en Humo, aún sin publicar —cosa que intentaremos solucionar—, pero que es más que probable que a lo largo de este año vea la luz Libertalia, una utopía pirata en el Índico. A ver si la lees. Me da en la nariz que esa novela te gustará.
Esther ha realizado un trabajo muy brillante y minucioso que lleva por título “La caja de gato: Tiempo y espacio”, a pesar de que el tiempo y el espacio, pero sobre todo el tiempo, son los aspectos más difíciles de la novela. Pero de la clarividencia de Esther para comprender esta cuestión queda como constancia una de sus afirmaciones: “La moneda que Felipe entrega al escritor es lo que asegura que Martín ha cruzado a la otra orilla de la realidad: Maia”. Sobre esa moneda prometo contar otro día una anécdota de tintes casi sobrenaturales…
El trabajo de Ana se titula “Sueños y realidad en La caja de gato”, realmente el verdadero tema de la novela, y en él analiza no solo el sueño recurrente de Martín, desentrañando sus claves (“Maia no era solo un sueño, existe desde el mismo momento en que Martín sueña con ella”), sino todos los tipos de sueños que aparecen en el libro, como los sueños-visión de los indios crow y los sueños-deseo que animan a los demás personajes, encontrando su significado más profundo en el contexto de esta novela.
Por último, el trabajo de Leila resume de alguna forma todos los demás. Sirvan sus palabras como colofón: “En el fondo, toda esta novela no es más que un juego alegórico entre dos conceptos: fantasía y realidad, magia o realidad”.

El escritor es un ser frágil, inseguro, vanidoso; un mentiroso compulsivo que bordea a menudo la línea de la esquizofrenia; alguien que pasa demasiado tiempo a solas con sus fantasías, a punto de olvidar el sentido de la realidad, de cruzar a la otra orilla para perderse en ella.
Gracias hoy a vosotros por haberme hecho sentir comprendida con la frescura de vuestros juicios. Y gracias, también, a A.C. por esta maravillosa reseña publicada el 28 de enero de 2009 en el suplemento Artes&Letras de Heraldo de Aragón:




La caja de gato (III)

Siempre supe que Maia estaba en ese zulo por su propia voluntad. Sin embargo, la visión inicial de Martín, que la mostraba abatida e intentando no rendirse, sobreponiéndose a la adversidad, contradecía ese sentimiento. Maia aparecía en el sueño de Martín humillada "pero no vencida", como si realmente algo o alguien la retuvieran en aquel lugar. Y esa era la esencia de Maia: su espíritu rebelde e indomable; el deseo de conseguir sus objetivos enfrentándose a cualquier obstáculo, renunciando incluso a su relación amorosa. Una mujer brava, terca y aventurera, digna hija de los hijos del pájaro del pico largo.
Fue entonces cuando surgió la idea de aquella cabaña subterránea encontrada en el bosque por una Maia niña y su compañero de juegos —deseosos de emular a Tom Sawyer y a Huck— excavada por buscadores de oro… Secreto de adolescentes, refugio de amantes y, más tarde, guarida de una banda de contrabandistas. Maia había acudido a la que fuera en otro tiempo su cabaña y se había quedado atrapada en ella…
No cuento más.
De alguna manera, Maia era mi alter ego. Me gusta la bravura en las mujeres tanto como me gusta la sensibilidad en los hombres. Martín era mi otro alter ego. Dos caras de una misma moneda, dos aspectos distintos y complementarios de una misma realidad compleja y contradictoria. Ahí estaba el secreto. Porque, como sostienen los filósofos del borgeano país de Tlön, mientras dormimos aquí, estamos despiertos en otro lado y así cada persona es dos personas a la vez. Maia y Martín eran una sola persona, aunque eso, al principio, no lo sabían ni ellos ni yo.
En octubre de 2008 Rafa y yo hicimos un viaje a Marruecos. Estuvimos en Marrakech y en Essaouira, la antigua Mogador. En Essaouira conocí a un tipo extraño, un pintor bereber descendiente de italianos que se llamaba Labrini, el “Miró bereber”, como le gustaba denominarse. Él fue quien me regaló el icono del gato y yo siempre pensé que ese icono era el gato de La caja, aunque entonces tampoco sabía que al año siguiente el libro se publicaría… Y al año siguiente fuimos a Formentera. Nos hizo un tiempo de perros. Viento, lluvia, incluso algún tornado… No me importó. La isla seguía siendo un pequeño paraíso y yo me había llevado trabajo para entretener el tiempo: las pruebas de La caja de gato, que entonces, ya, iba a ser publicada. En Formentera, al releer la novela mientras corregía las pruebas, me di cuenta de que esa era mi novela y de que si aún no la hubiera escrito, "a pesar de sus defectos" —de los que yo era muy consciente—, tendría que ponerme a escribirla tal y como ya era. Sin variar una palabra o una coma.
            Creo que es lo más que puede sentir un autor. Esa sensación de plenitud, de haber podido plasmar en una obra lo que quería, todo lo que verdaderamente le importa…

La caja de gato (II)

Que nadie crea que he abandonado tan pronto la historia de La caja de gato. ¡Qué va! Yo soy de las que cuando pillan tema se ponen plastas.
Hablaba antes de mis cuadernos embrionarios y esbozaba la idea de que si para escribir un poema lo que hay que intentar es limpiar, quitar capas y más capas hasta llegar a la desnudez esencial, en la novela ocurre exactamente lo contrario: al núcleo original hay que añadirle capas y más capas, desarrollo, riqueza… eso sí, sin perder nunca el norte. Bien. La idea de partida para La caja ya estaba clara: Se trataba de contar la historia (1) del escritor que sueña con una chica confinada en un zulo y que a su vez escribe la historia (2) que ella le cuenta a través de los sueños. Vale, pero ¿quién era ella? ¿Dónde estaba el zulo? ¿Y qué hacía la chica encerrada en ese zulo?
Tuve mucha suerte para dar respuesta a la primera pregunta. En realidad podría decirse que se me apareció el hada de la suerte en en forma de reportaje sobre un rancho situado en Montana, dedicado a la cría de caballos y al turismo “temático” y dirigido por una familia de la reserva de indios crow. Y digo que tuve suerte porque el tema de los indios era mi tema. O más exactamente el tema de alguien que fue muy importante en mi vida. Un verdadero friki de los indios americanos, como dirían ahora. Gracias a esa persona yo tenía un conocimiento bastante amplio sobre lo esencial de sus costumbres, modo de vida, creencias, cosmogonía, tradiciones, espiritualidad…, además de unos cuantos libros y abundante bibliografía. Había encontrado una respuesta magnífica para el enigma de Maia, la chica del zulo.
            Ella era una mestiza que había crecido en el rancho Vida Salvaje, a cargo de su abuelo, Lluvia en el Rostro, heredero espiritual de las hermosas tradiciones de “los hijos del pájaro del pico largo”, y de Alina, su madre, judía ucraniana a quien la larga diáspora había conducido hasta Montana. Todas las historias se fueron hilvanando entonces, encontrando su sitio y su porqué de forma mágica y sencilla. Recuerdo que ese mes de octubre de 2007 Rafa y yo pasamos unos días en Lanzarote. Recorríamos kilómetros y kilómetros de playa en Puerto Carmen hablando sobre la novela, hasta llegar al aeropuerto, donde nos deteníamos a ver aterrizar los aviones. Hablábamos, sobre todo, del tema de física cuántica que le daba trasfondo —y nombre—, y de cómo se produciría “la confluencia”. ¡Uf! La confluencia… Era mi principal escollo. Yo tenía muy claro que en La caja de gato "no" se iban a narrar dos historias paralelas, sino concéntricas, por más que la linealidad del texto impreso se obstinara en dar idea de lo contrario. Era una historia dentro de otra historia, con tiempos y ritmos diferentes, no dos historias que discurrieran en paralelo; pero de todas formas tenían que confluir, hacerse una, para dar ese sentido final y total a la novela. Y todo eso tenía mucho que ver con la tercera pregunta: ¿Qué hacía Maia en el zulo? Ese, ese y no otro era el quid de la cuestión. ¿Cómo se resolvió? ¡Ah! Para eso tendréis que esperar a leer La caja de gato (III).

La caja de gato (I)


Cuando se publicó Como héroes yo ya había terminado de escribir La caja de gato, y no solo eso: entre una y otra aún hubo un gatillazo, una novela nacida de un viaje a Malawi, pequeño país del sur de África, que preferí dejar en el tintero a causa de unas fuertes desavenencias con mis compañeras de aventura.
Me gusta hablar de La caja de gato. Es mi novela preferida, así que contaré su historia. Nació una tarde de domingo mientras yo veía por la tele uno de esos telefilmes de serie B. Ni siquiera recuerdo su título o de qué trataba, pero hubo una imagen que quedó grabada con fuego en los entresijos de mi materia gris: la imagen de una chica encerrada en una especie de zulo. Una imagen de absoluta desolación y desvalimiento que, sin embargo, transmitía mucha potencia. Me dio por pensar que ese zulo era como una gran caja de gato: ya sabeis, el gato de la paradoja cuántica que puede estar vivo o muerto pero no se sabe hasta que alguien abre la caja y mira; así que el gato digamos que está "vivo-muerto", en un estado suspendido entre dos posibilidades. Si el zulo era la caja, la chica era el gato, con el desconcertante añadido de que ella, a diferencia del gato, poseía autoconciencia. El caso es que tomé nota de aquello y fui rumiando la idea, esbozando esquemas en mi cuaderno hasta que la cosa estuvo madura. La imagen de la chica del zulo podía combinarse con otra idea que a mí me tentaba mucho: la del escritor que escribe una historia a partir de un sueño recurrente. Y de ahí salió La caja de gato.
Contado así parece muy fácil, pero no lo es tanto: el alumbramiento de una novela es algo más complejo. A diferencia del poema, que es esencia de la esencia, puro meollo absoluto y desnudo de la Palabra, de la Idea, de la Belleza, del Concepto…; o incluso a diferencia del relato, que responde a un solo trazo y puede resultar por ello literariamente más definido y más depurado, la novela tiene muchos ritmos distintos, ha de mantener el interés del lector a lo largo de muchas páginas y admite –necesita— momentos de tensión y distensión, pasajes de relleno, transiciones, historias transversales, diálogo, descripción…; en suma, requiere muchísima planificación. Algunas cuestiones se pueden resolver sobre la marcha, a golpe de inspiración, pero lo normal es que el novelista siga un guion previo y riguroso. Una no sabe del todo “cómo” va a escribir hasta que se pone a escribir, eso es cierto, pero debe saber “qué” escribir o está perdida. En cada novela escrita yo he emborronado un cuaderno; un cuaderno cuyo significado solo yo entiendo; un cuaderno ni muy grande ni muy pequeño, para llevarlo siempre encima. Esquemas, bocetos, progresión de capítulos, contenidos, estructuras, enlaces, ideas sueltas…; el verdadero embrión de la novela.