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Otoño perezoso



Últimamente estoy bastante perezosa para escribir, así que para seguir aquí (para que no me olvides, amable lector) voy a poner mi selección favorita de imágenes que han ido apareciendo en este blog.

 Autora: Jane Fulton


 Autor: Kris Kuksi


Autora: Jenn Hudson


Autora: Jenn Hudson
 


Autor: Adrien Royo


Autor: Kamil Vojnar
 


 
 Autora: Isa Marcelli

Cosas que no creeríais


Mira… Parece polvo de estrellas. O millones de soles en extinción. O fuegos fatuos que fosforecen por la noche en el viejo cementerio de Belchite. Una apoteosis de gusanos de luz. La ciudad de Nueva York vista desde la Luna. La llama vacilante de 5.000 mecheros encendidos durante un concierto de rock en Monegros. Agua estancada en un cañaveral. Atasco en la autopista central. Insectos saprófagos descomponiendo el cadáver de un ñu en la vasta sabana junto al río Mara. Meteoritos ardiendo al entrar en contacto con la estratosfera. Danza de brujas voladoras en Zugarramurdi. Fin de fiesta con fuegos de artificio. Peregrinos medievales que divisan Compostela al atardecer. Una aurora boreal en Nueva Zembla. Hiroshima. Trafalgar. Boceto infantil de la Vía Láctea. El polígono industrial de Tarragona tal como se percibe, de noche, desde la carretera. Avalon… O quizá naves en llamas más allá de Orión. Tal vez sean rayos C brillando en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhauser... Creo que ya lo sé: es tu pupila que titila en mi mirar.

(Fotografía de Michael Flomen)

El arpa muda



Todos los días, al atardecer, ella acude a la playa y se acurruca junto a su arpa, mísera arpa, humilde arpa que nunca sonó, fabricada con material de desecho. Cierra los ojos y ejecuta siempre el mismo ritual: acaricia las cuerdas despacio, con mimo, en una sucesión hipnótica de gestos hábiles y delicados. Y entonces escucha una música secreta. El murmullo eléctrico del viento. El susurro de las olas del mar —ir y venir—. La vibración espectral del silencio. Totalidad. Armonía hecha de ausencia. Quietud. Melodía muda. Desolación. Belleza. Simple y pura abstracción.

(Fotografía de Jenn Hudson) 

Belleza casual




(A Paloma)
No hay nada más seguro que el azar, ni orden más perfecto que aquel que nace del caos, ni belleza más sublime que la surgida al albur, por el capricho del tiempo, por accidente… o indiferencia.
Esta madrugada ha helado y el cadáver de un gorrión que se ahogó ayer en el estanque ha quedado atrapado, prisionero tras la frágil cárcel de una lámina de cristal. Por la mañana un niño, camino de la escuela, ha lanzado una piedra al estanque porque sí —porque es un niño curioso y vigoroso y le gusta comprobar que todos sus actos conllevan un efecto, que él es el amo tirano de su diminuto país— y ha quebrado con estrépito el delicado cristal.
Un pájaro muerto tras el hielo partido en lajas, tierno musgo húmedo, pequeñas flores de hielo, gotas de agua… Belleza casual.

(Fotografía de Jane Fulton)  




Soyez un bon citoyen

A las 7:33, como todos los días, sonó el timbre del despertador. El señor XX se incorporó y se levantó con rigidez de autómata para entregarse a la ejecución de su ritual matinal con concienzuda indiferencia. Siempre en el mismo orden: visita al excusado, desayuno, afeitado, limpieza de dientes y ducha, sin salirse jamás del guion establecido. Se vistió con un traje elegante (aunque con cierto toque casual) y, como todas las mañanas, se contempló, satisfecho, en el espejo del recibidor. Cerró la puerta con dos vueltas de llave y se dirigió a la estación más próxima para tomar el cercanías.
El señor XX, como habrá deducido el lector, era un ciudadano modelo... Que no se dio cuenta de que aquella mañana, en lugar de pájaros volando en el cielo, cientos de bandadas de peces de colores nadaban a través de las grandes vidrieras de la estación central y que las olas del mar lamían dulcemente con su espuma la orilla del andén.
Abstraído en la lectura del periódico, solo reparó con cierto fastidio en que el tren llegaba con 14 segundos de retraso... Sí, decididamente el señor XX era un ciudadano modelo.


(Fotografía de Adrien Royo)

Apocalipsis


Ha empezado a llover. Grandes gotas cálidas que tiñen de rojo mi pelo y tu piel. Lágrimas de sangre sobre la ciudad.

(Fotografía de Adrien Royo)

La mirada del fotógrafo

Iris de cristal, diafragma, objetivo; mirada de máquina insensible sensible a la cualidad de la luz y a la curiosidad del ojo que la enfoca, a la búsqueda del instante fugaz que se hará eterno en el flotar de la realidad virtual de una pantalla líquida o en la presencia inanimada de la hoja de papel impresa… ¿De dónde salieron ellas, que posan ante la cámara? ¿Del corazón de la máquina o de la mirada del hombre?

                       (Fotografía de Alberto García-Alix) 

                     (Fotografía de Isa Marcelli)

                             (Fotografía de Eugenio Recuenco)


Cada imagen cuenta una historia que no está hecha de palabras, sino de luces y sombras, de líneas, de sugerencias, de momentos robados al tiempo.

Una imagen puede contar historias hermosas o aterradoras. La mirada del fotógrafo es, a veces, muy cruel. Como sucede en la excelente novela, que recomiendo, del escritor aragonés Antonio Cardiel. Se titula La crueldad del fotógrafo (Mira, 2009). Un hombre con la vida rota alquila un piso amueblado, dispuesto a comenzar de nuevo; y ahí, entre los enseres abandonados por el último inquilino, se descubre a sí mismo, cuando niño, capturado en una vieja fotografía: una instantánea de playa, un grupo de personas que sonríen felices a la orilla del mar, durante las vacaciones, rodeados de otros veraneantes...; gentes anónimas que, sin quererlo, también salen en esa fotografía.



Ella sueña...



y al soñar trasciende a otro plano…Como la Bella Durmiente, como Blancanieves en su urna invisible de cristal de roca, mecida en brazos del éter, ligera como un soplo, Ofelia improbable ahogada en un lecho de aire, leve y flotante, “más extrañamente divina que las fantasías que revolotean en las almas adormecidas de las hijas de Delos”, hermosa Ligeia que sueña y al soñar se eleva.

Hoy es para ti, Patricia.

(Fotografía de Kamil Vojnar)

En el laberinto



La casa de Asterión no es en realidad un laberinto, sino una ingeniosa caja negra con un juego de espejos que crea la ilusión óptica de espacio infinito, como  los dibujos hiperbólicos diseñados por Escher.  El ser que la habita no es el Minotauro, es una insignificante lombriz que multiplica su tamaño en cada reflejo, alguien sin género habitado por un ente sin cuerpo, una chica envuelta en mantas grises apresada en un zulo, un adolescente que contempla atónito las imágenes del mundo.

El Aleph quizá sea tan solo un huevo de gallina; más probablemente, un átomo; con seguridad, un agujero de gusano; también, la palabra OM o el útero de Eva, la Primera Mujer.

Con respecto a la palabra del dios, la fórmula de la Creación que aparece escrita en la piel del jaguar (esto es, de un gato), no es tal, pues el dibujo de esas manchas puede corresponder a cualquier cosa que uno desee leer, y aún podría afirmarse que Nada fue Nunca escrito y solo el Azar escribe con infinitos Signos los infinitos Libros que alberga la monstruosa biblioteca de Babel.


(Fotografía de Kris Kuksi)

       

Anónimos






Il s’agit du corps, du corps, du corps agi.
Corps créé. Corps incréé. Corps inventé. Corps mystère. Corps miroir. Corps paradoxe. Corps imaginé. Corps simulé. Corps symbolique. Corps avatar. Corps promese. Corps virtual. Corpus ex machina.

(Suite Paradoxe)

TEXTO Y FOTOGRAFÍAS DE ADRIEN ROYO