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Unos versos con bufanda

(A Roberto Bolaño)



Hoy ya es abril y a finales de este mes Roberto Bolaño habría cumplido 59 años.
¿Cómo habría sido ese Roberto de 59 años? Quizá no tan famoso como es hoy, porque la muerte, dama trágica, convierte en mito a aquellos a quienes acaricia con mano prematura. Pero habría seguido escribiendo, eso seguro, verborreico, incontenible, volcán de lava y labia que quema, y arrasa, y vuelve magma líquido la palabra.
Lo imagino, quizá, un poco más gruñón; también más niño, iniciado ya ese sendero que nos conduce de nuevo a los lindes de la infancia, soltado el lastre absurdo de la vida de adulto.
“Con la bufanda al viento…
Estos versos vienen al vuelo”.
Eso me ha escrito Carmen, Carmen Pérez de Vega, último amor, amiga y confidente, de Roberto Bolaño. Y, con cortesía exquisita, me ha dado permiso para transcribir en mi blog estos versos del gran poeta peruano César Vallejo (1892-1938) y esta imagen de Roberto que Carmen me ha enviado, atrapados de Internet, y que a ella le parecen, con bufanda al viento y todo, tan, a su manera, Bolaño.
Como siempre, gracias, Carmen.

ME VIENE, HAY DÍAS, UNA GANA UBÉRRIMA

Me viene, hay días, una gana ubérrima, política
de querer, de besar al cariño en sus dos rostros,
y me viene de lejos un querer
demostrativo, otro querer amar, de grado o fuerza,
al que me odia, al que rasga su papel, al muchachito,
a la que llora por el que lloraba,
al rey del vino, al esclavo del agua,
al que ocultóse en su ira,
al que suda, al que pasa, al que sacude su persona en mi alma.

Y quiero, por lo tanto, acomodarle
al que me habla, su trenza; sus cabellos, al soldado;
su luz, al grande; su grandeza, al chico.
Quiero planchar directamente
un pañuelo al que no puede llorar
y, cuando estoy triste o me duele la dicha,
remendar a los niños y a los genios.

Quiero ayudar al bueno a ser su poquillo de malo
y me urge estar sentado
a la diestra del zurdo, y responder al mudo,
tratando de serle útil en
lo que puedo, y también quiero muchísimo lavarle al cojo el pie,
y ayudarle a dormir al tuerto próximo.

¡Ah querer, éste, el mío, éste, el mundial,
interhumano y parroquial, provecto!
Me viene a pelo,
desde el cimiento, desde la ingle pública,
y, viniendo de lejos, da ganas de besarle
la bufanda al cantor,
y al que sufre, besarle en su sartén,
al sordo, en su rumor craneano, impávido;
al que me da lo que olvidé en mi seno,
en su Dante, en su Chaplin, en sus hombros.

Quiero, para terminar,
cuando estoy al borde célebre de la violencia
o lleno de pecho el corazón, querría
ayudar a reír al que sonríe,
ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca,
cuidar a los enfermos enfadándolos,
comprarle al vendedor,
ayudarle a matar al matador -cosa terrible­
y quisiera yo ser bueno conmigo
en todo.

César Vallejo

(Ilustración: “Roberto Bolaño en bicicleta”, de Virginia Herrera)

Anne Moore

(Un extraño homenaje a Roberto Bolaño)

Sara Señet fue mi mejor amiga del colegio (un colegio de la Sección Femenina, años 60 y 70 del siglo XX) hasta los catorce. Después nos perdimos la pista. En el colegio al que acudíamos solo se impartían cursos hasta finalizar el bachillerato elemental que coincidía, más o menos, con esos catorce años cumplidos. La mayoría de las niñas de entonces dejaba de estudiar. Muchas empezaban a trabajar de dependientas en algún comercio, de administrativas en alguna empresa, de costureras, modistas o peluqueras, o terminaban dedicándose a sus labores y después casándose y llenándose de hijos. Muchas, también, cambiaban de centro, estudiaban el bachillerato superior y luego iban a la universidad, a estudiar Magisterio, Filosofía y Letras, Derecho, Enfermería (las más) o Medicina, o alguna carrera de Ciencias (las menos). El caso es que Sara y yo nos perdimos la pista a los catorce años. Yo fui de las que terminaron por aterrizar en la facultad de Filosofía y Letras y no supe nada de Sara durante más de treinta años. Al cabo de ese tiempo me la encontré un día en la calle, sentada en una silla de ruedas, enferma, desmadejada… Una silla que empujaba un chico guapísimo (ahora ya casi cincuentón pero todavía guapísimo) que nos había sorbido el seso a todas las condiscípulas durante el último curso escolar compartido. Su marido. Ese día, treinta y pico años después de vernos (nosotras) por última vez, nos reconocimos al instante y los dos (ella y su marido), con sinceridad y valentía, me explicaron que Sara padecía una extraña enfermedad degenerativa. A partir de entonces volví a frecuentarlos mucho. Me invitaron a comer y a cenar a su casa. Yo les invité a la mía. Luego Sara falleció y él, Alberto, su marido, el día del funeral me hizo entrega de un pequeño cuaderno de tapas negras de hule que Sara había querido que yo conservara como recuerdo. Se trataba de una especie de diario donde Sara consignaba todas sus lecturas y muchas de sus impresiones. Empezaba así:


En el patio trasero del CME Ramón y Cajal, Zaragoza, diciembre de 2009. Carmen no me dijo lee Anne Moore. Carmen solo me explicó que Anne Moore iba a ser un cuento corto y luego desbordó y se convirtió en un cuento largo de más de sesenta páginas, en una especie de novela corta. Largo o corta, daba igual. Pero me lo dijo de una forma que fue como decirme lee Anne Moore, aunque ella no sabía que yo no lo había leído (y yo me sentí cogida en falta y leer Anne Moore se convirtió en un imperativo imperioso para acercarme más a Bolaño y a ella). Estoy leyendo Anne Moore. Aún no lo he terminado pero ya me siento abducida, fascinada, convencida de que después de leerlo yo ya no puedo aspirar a escribir nada que no sea mierda, que no sirva para incrementar la mediocridad de unas páginas que acabarán en la basura (o colgando de las cuerdas de algún tendedor), que nunca serán literatura, que no sirven ni para limpiarle el culo al vagabundo desconocido que duerme de noche y de día sobre los yerbajos del patio trasero de este ambulatorio (que por el caprichoso mandato de una rara enfermedad me veo obligada a visitar casi todos los días), entre mantas apolilladas que luego abandona en cualquier rincón, entre mondas de naranja, basura y botellines de plástico, sobre un colchón renegrido de podredumbre, oliendo la gasolina y el aceite que sueltan los cochecitos utilitarios del servicio de urgencias médicas aparcados en doble fila. Y quién sabe, quizá ese vagabundo (o esos vagabundos, porque en realidad yo no sé si es uno o son varios, no les veo la cara, solo los pies que asoman por debajo de una manta, sobre el colchón renegrido) sea un verdadero poeta y yo tan solo una lectora compulsiva aspirante a escribidora. Decía, sí, que he empezado a leer Anne Moore. La primera parte, “Compañeros de celda”, me ha dado miedo, miedo aprensivo, inquietud, tú ya me entiendes. Me ha recordado a Ligeia, a Morella, a Berenice. Los dientes de Berenice. Blancos, pequeños, exquisitos, marfilinos. Recuerdo que te dije, Carmen, que me gusta mucho Poe. Había un algo vampírico, necrófilo en la soledad de Sofía, en su desnudez, en el minimalismo escueto de la escenografía. “Clara” ha redundado la misma aprensión, la misma ansiedad (ese deseo de escape, escapar de uno mismo, de la vida, del cáncer, de la muerte, como si escapar nos volviera inmunes y fuese el último acto posible de dignidad, soñar con ratas, escuchar sus correteos nocturnos arañando levemente el embaldosado del piso, “verlas” en ese onírico delirium tremens que se repite cada noche, recurrente) y me ha hecho pensar en “la andaluza de los cojones”, aquella que según María Teresa Solsona Ribot le tenía sorbido el seso a Arturo Belano. ¿Y “Joanna Silvestri”? Joanna Silvestri, actriz porno capaz de amar con las entrañas, con la ternura de las entrañas, me remite a Estrella distante y al policía Abel Romero. Y ahora ya está. Lo he terminado. Yo también estoy ahí. La “Vida de Anne Moore”, no más que una vida, una vida que se busca, que a veces se encuentra y otras, se pierde, la perdemos, y queda interrumpida como todas, sin un final concluyente. Atisbos. Las claves de Bolaño. No solo los temas. Los personajes. Los hechos. Los lugares. Entretejidos como mimbres. Partes pequeñas, mínimas fracciones de un todo descompuesto que sigue siendo un todo. Símbolos. Arquetipos. Alegorías. Piezas de un puzle inacabable e inacabado. Trocitos de un enorme mural dibujado en su cabeza. Eso no me lo has explicado, Carmen, solo me lo has insinuado y se supone que yo debía saberlo o adivinarlo. Los mimbres, sí, porque leyéndole a él yo sé que Bolaño escribía de tirón, sin pararse a pensar demasiado, a lo André Breton, escritura automática, aunque examinada después con la minuciosidad obsesiva y enfermiza del perfeccionista. Con prisa pero sin prisa. Sin pausas, con pocas comas, con mucho punto y seguido. Literatura aglutinadora, aglutinada y aglutinante...

(Yo ignoraba por completo aquellas pretensiones literarias de Sara. De niñas ambas leíamos mucho... Por supuesto que después de leer esas páginas escritas por ella, yo, que no había leído nada de Roberto Bolaño, aunque como casi todo el mundo sabía que era uno de los grandes y lo conocía de oídas, compré y leí con absoluto ¿deleite? ―no, "deleite" no es la palabra adecuada, quizá sea “entrega”, entrega absoluta― ese librito de Bolaño titulado Llamadas telefónicas. Y cuando empecé a leerlo supe por la contraportada que Roberto, su autor, como Sara, también había muerto. Desde hace algo más de un año ya no leo otra cosa que no sea Bolaño).


Ilustración: "La bicicleta" de Sara Sánchez


Cuentecillo navideño


María Rosa Quintero forzó varias muecas estirando y frunciendo los labios para relajarse. Cerró los ojos y contó hasta diez. ¡Estamos en el aire! María Rosa sonrió, miró a su cámara y se dirigió a los invisibles telespectadores con su voz suave y melodiosa, levemente soñolienta, de popularísima y veterana presentadora de un programa de televisión en el inevitable declive que sigue a tantos años de fama ininterrumpida. Sus cotas de audiencia bajaban alarmantemente. ¿Cómo podía dar un buen bombazo que las hiciera subir? ¿A quién entrevistar por Navidad? La solución se la dieron, curiosamente, sus hijos pequeños: "Mami, entrevista a Dios". ¿A Dios…? La idea no era mala si se preparaba con gracia. Y ahora estaba allí, sentada en el plató frente a Dios, un Dios que era como una versión más venerable de Papá Noel, un Dios anciano de larga barba y mirada bonachona, ataviado con una túnica de blancura inmaculada. Entrevista a Dios en directo en Telebodrio, en el programa de María Rosa Quintero. Naturalmente, Dios no era Dios, sino Fefé, otro cómico en horas bajas a quien los de atrezo habían caracterizado tan bien, con sus barbas y su pelo blanco, que la propia María Rosa fue incapaz de reconocerlo tras las capas de maquillaje.
María Rosa comenzó la entrevista imprimiendo a sus preguntas un tono entrañable, entre reverente y cómplice, pero algo no funcionó. Dios se salía del guion establecido, decía cosas raras, hablaba de hambre, guerras, torturas; hablaba de abusos, egoísmo y despilfarro; de avaricia, de conspiraciones y complots… Explicaba su dolor, su profunda decepción al advertir los desmanes cometidos por los hombres, a quienes Él había creado y de quienes había esperado tanto…
María Rosa se apuraba. La simpática entrevista se le iba de las manos, imposible de reencauzar. Un chispazo de inspiración le llevó a hacer una pegunta, mejor dicho, una petición. Pidió a Dios un regalo de Navidad para esos hombres y mujeres que tantos disgustos le daban.
Dios miró a la presentadora con grave seriedad, se dio varios tironcitos en la barba y carraspeó. "Está bien", aceptó. "Os daré ese regalo de Navidad que tan amablemente me pides porque estoy absolutamente convencido de que lo necesitáis". Dios volvió a carraspear. "Os concedo tres minutos de empatía universal".
El plató de televisión se oscureció con una bruma delicadamente gris en la que flotaban puntitos luminosos del color del arco iris. Antes de entrar en la fase de empatía, María Rosa aún tuvo tiempo de observar con estupor cómo Fefé, burdamente disfrazado de Dios y exhalando un inconfundible olor a ginebra de garrafón, entraba precipitadamente al plató y se daba en las mismísimas narices con el otro Dios. Luego dejó de ser ella misma y ya no recordó nada. Caminó por desiertos pedregosos con los pies desnudos y sangrantes llevando un cántaro de agua sobre la cabeza. Montó en un lujoso Rolls Royce que la transportó a la City mientras leía la prensa económica y arruinaba o levantaba empresas pulsando una tecla de su ordenador. Sintió todo el dolor y el gozo de la humanidad. Subió a la barca de Caronte y contempló los espectros del pasado, la interminable marea abigarrada de almas que clamaban en las orillas estigias y, después, a bordo de una nave espacial volando a la velocidad de la luz, vio planetas desconocidos y ciudades futuristas. Fue pez, reptil, ave, flor, roca, ameba. Fue el propio Fefé ahogando sus penas de cómico amargado en una botella de alcohol. Fue el cámara del estudio que acababa de perder a su hijo de diez años atropellado por un automóvil (y aún no lo sabía) y fue también la regidora del programa que guardaba un décimo del “gordo” premiado en el bolsillo de su pantalón vaquero.
Cuando volvió en sí, en el plató todo el mundo se abrazaba y lloraba y Dios ya no estaba…  

(Dedico este cuento a mi colega Roberto Malo, autor de numerosos relatos navideños ―alguno de ellos con premio― y bastante menos cursis que el mío. Que me has picado, Roberto…)

La mano que meció la pluma


(A Carmen Pérez de Vega)

Teresa Sopeña,  paseo Gran Vía, Zaragoza, diciembre de 2011. Hace algunos días podaron la higuera del patio al que se asoma el ventanal del salón donde tengo instalado el tendedor y, por fin, he logrado colgar nuestra ropa sin tener que pelearme con sus ramas y con sus hojas, ahora mustias y abatidas por el frío. (Sin embargo, echo en falta la hermosura de su empuje vegetal). Hace también algunos días colgué un relato en este blog que salió fluido, sin tener que pelearme con las palabras ni con los conceptos tanto como con las ramas de la higuera. Era un homenaje a Roberto Bolaño, mi escritor. Se lo debía. Tardé mucho tiempo en decidirme a leer sus obras y cuando lo hice él ya llevaba varios años muerto; pero es que a mí, como a él, la unanimidad me jode muchísimo y tanta unanimidad de público y crítica (sobre todo de crítica, más hipócrita y más pedante que el juicio del leedor) me quitaba las ganas de abordar su lectura. Cuando lo hice me conmocionó. Me conmocionó la exuberancia de su palabra, su genialidad de narrador, su pasión literaria (patrimonio del gran escritor), pero más que eso lo que me conmocionó  fue percibir que todo lo que Roberto narraba era cierto, que era su vida, con todas sus miserias y sus grandezas. La certeza de esa apreciación la sentí absoluta, sin resquicios para la duda, y la conmoción de esa certeza tan tremenda  pertenecía al ser humano y no al escritor; al encuentro directo, a través de la letra impresa, con el ser humano, con un ser humano que ya ni siquiera existía en el sentido estrictamente biológico del término. Ahora leo a Roberto casi todos los días. Ninguna otra cosa, aparte de sus textos, es capaz de saciar mi apetito lector. Por eso se lo debía, le debía unas líneas, unas líneas que, para mi sorpresa, no se han diluido en la nada caprichosa e indiferente de la Red, sino que han hallado su destino, su único destino posible, los ojos de Carmen, la mano que meció la pluma, la mujer que compartió los últimos años de la vida de Roberto Bolaño. Ella, albacea de su recuerdo, que tuvo la fortuna de amar y ser amada en una de las más bellas (y también difíciles) historias de amor, me ha enviado con sutileza, con elegancia, con discreción el abrazo que no pude recibir de él. Gracias, Carmen. Todos mis pensamientos son para ti.




Las dos únicas fotografías de Carmen, envuelta en un halo de misterio y magnetismo, que he podido encontrar en Internet, además de una preciosa entrevista en la que cuenta su vida junto a Roberto, que puede leerse pulsando aquí, y un reportaje firmado por Gonzalo Maier titulado "La compañera final de Bolaño". 

Deseos

(A Alberto)

Desde la pantalla plana del televisor un simpático gnomo de sombrero rojo y picudo le ofrece tres deseos, como premio, al leñador que salvó la vida a su gnoma. ¿Y tú? ¿Qué deseos pedirías tú?, le pregunto a Alberto, mi sobrino, que tiene cinco años y medio y ve la tele acurrucado a mi lado. ¿Yo? Tener un caballo en casa, contesta él.

¿Y qué deseos pediría yo?, me pregunto entonces a mí misma.

¡Zas! De repente, todo está oscuro. Me da que transito por el túnel de los sueños. Y debe de ser cierto, porque ahora se hace la luz y me encuentro entre gentes desconocidas, en una calle desconocida, luminosa y siniestra a la vez, componiendo una extraña fila. ¿Podría decirme qué se reparte aquí, señora?, le pregunto a la mujer que me precede. Pero cómo,  ¿no lo sabe?, se escandaliza ella.  Aquí se reparten deseos. ¿Deseos? Como lo oye. Mire, me explica señalando un gran baner publicitario, ese señor del anuncio dice que acaba de hacerse millonario. ¡Ah! Y mire esa joven, allí, en el otro cartel. Acaban de concederle un marido apuesto y trabajador. ¡Vaya! Pues qué bien ¿Y usted? ¿Usted qué viene a pedir? ¿Yo? Pues yo no vengo a pedir ni dinero ni marido. Yo vengo a pedir la salud de mi padre, que está enfermo.

La fila se va acortando pero, a pesar de la publicidad atractiva, no todo el mundo la abandona contento. Es más, se escuchan murmullos de desacuerdo. Le toca el turno a mi vecina. Hago oreja mientras decido cuál será mi deseo. ¿Dinero? No, ni de coña. Y sirva como ejemplo la historia del leñador de la tele, que quiso un lingote de oro que luego tuvo que sacrificar para recuperar la vida y la libertad. ¿Prestigio? ¿Fama? ¿Premios u honores? Me despreciaría a mí misma si obtuviese prestigio, fama u honores de una sociedad que me gusta tan poco como ésta. Sería un mal síntoma, la señal de que he corrompido mis ideales más íntimos. ¿No tener que trabajar? Bueno, eso ya me tienta más… En su día soñé con poder vivir de la literatura, pero hoy sé que entonces ya no podría escribir lo que quiero, como quiero y cuando quiero. Así que la cosa tampoco está tan mal: vengo a mi archivo mierdero, me pagan un dinerillo (más bien poco, pero si una se sabe administrar…) y ya no le debo nada a nadie. ¿Vivir en una casa maravillosa en el campo o junto a la orilla del mar? Idílico, pero a lo peor me quedaba más colgada que un jamón, porque hace tiempo que caducó mi carné de conducir. ¿Conocimiento? Ese siempre ha sido mi deseo estrella. Conocimiento, sabiduría, lucidez; pero no es algo que una deba pedir, sino algo que una debe buscar y encontrar por su cuenta…

En éstas andaba, cavilando, cuando escuché protestar a mi vecina. Pero señora, entonces, ¿qué es lo que quiere?, la interpelaba el repartidor de deseos. Aclárese. ¿No quiere que su padre viva para siempre? ¡Ah! Solo esta enfermedad, la de ahora. Pero ¿cuál? En mi lista figura que su padre padece cáncer de próstata, insuficiencia cardiaca, artrosis de cadera, cirrosis hepática y bronquitis crónica. ¿De cuál quiere que lo sane? Especifique, señora, que solo concedo un deseo. Y ella se frotaba las manos con desespero.

¿Salud? ¿Quería yo salud? Me pasa como a mi vecina: ¿Quién quiere vivir eternamente? Pues entonces, algún día tendrá que tocar, digo yo… y ya está. ¿Viajar? Sí, claro, pero lo importante no es el destino, sino el trayecto, y en realidad siempre estamos en trayecto. En cuanto a deseos que impliquen a los demás, sean seres concretos (como la familia y los amigos) o abstractos (como la humanidad)… pues no. Ahora estoy segurísima de que no se debe interferir, de que tras las mejores intenciones siempre surgen efectos adversos, daños colaterales, situaciones imprevistas… De que nadie puede jugar impunemente a ser Dios.

Total, que decidí que mi deseo sería pedir… ¡ningún deseo!, así que me salí de la fila. Quiero tener deseos para sentir que estoy viva, pero no pedirlos para que alguien me los conceda por el puto morro. ¿A santo de qué? Además, ya se sabe: cuando los dioses desean castigarnos, simplemente se avienen a nuestros deseos…

Entonces me desperté. Alberto se reía, mirándome divertido. Te has quedado dormida con la boca abierta. Sí, es que hoy no me he echado la siesta. ¡Ayyyy! ¿Sabes qué deseo quiero pedir yo? Mi sobrino me miraba con cierto regocijo, porque me conoce bien y ya se lo imagina: Un beso tuyo. Pero un beso bien gordo, ¿eh? Un beso de amor.

   

Dedicatorias

(A Patricia)
La tía Violeta era la típica viejecita menuda, risueña y encantadora. Vivía sola en un piso del barrio antiguo, uno de esos pisos de los años treinta dotado de un larguísimo pasillo embaldosado por el que se suponía que transitaba un espectro… Al menos eso suponíamos nosotros, sus sobrinos-nietos, que organizábamos alocadas carreras en busca de ese fantasma cuando nos juntábamos todos y casi nos cagábamos de miedo cuando teníamos que recorrerlo a solas.
La tía Violeta tenía una gata que se llamaba Pandora y un canario muy cantarín a quien a causa de su afición por los trinos denominábamos Puccini. A la tía Violeta le gustaban mucho los niños y nos reunía a menudo en su casa. Preparaba meriendas con coca-cola y medias noches de jamón y queso, fiestas de disfraces y piñatas. Luego nos hicimos grandes y dejamos de visitarla y ella se quedó allí, sola, en su piso de larguísimo pasillo, con su gata y su canario, cada día más arrugada y más vieja, pero no más desanimada. Acostumbraba a pasar las horas sentada en una mecedora muy cerquita del balcón que siempre mantenía abierto, en invierno y en verano, y repleto de macetas con enredaderas, fucsias, geranios, begonias, pensamientos, crisantemos, violetas, petunias y plantas aromáticas. La tía Violeta leía en su mecedora. Leía sin tregua. Le gustaban mucho Dumas y las hermanas Brontë, y Víctor Hugo, y Balzac, y Maupassant, y Flaubert, y Stendhal, y Tolstoi, y Turgueniev, y Baroja, y Galdós, y Julio Verne, y las Leyendas de Bécquer.
Lo cierto es que cuando murió y fuimos a recoger sus cosas por aquello de la herencia, mi hermano y yo pudimos comprobar que la tía Violeta había sido propietaria de una nutrida biblioteca.
Pedro y yo revisamos sus volúmenes, todos ellos forrados con preciosos pliegos de papel de aguas e identificados con una etiqueta donde lucía, primorosamente caligrafiado en tinta de color violeta, el título del libro y el nombre del autor. A mí me daba por imaginar, entonces, a la tía Violeta forrando amorosamente cada libro leído con ese papel de aguas. Tardes y tardes forrando libros y caligrafiando con tinta violeta etiquetas con títulos y nombres de autores. Y he de reconocer que imaginarla afanada en una ocupación tan pulcra y tan bella me daba mucha ternura y me hacía sentir una punzada de sana envidia. ¡Qué mujer más especial había sido la tía Violeta! Sin duda, un ser lleno de romanticismo…
Pero quizá el hecho más asombroso relacionado con el inventariado de su biblioteca  fue descubrir que todos los libros le estaban dedicados a ella… ¡y por el propio autor, ni más ni menos! Balzac, por ejemplo, le brindaba Eugenia Grandet con la familiaridad de un viejo amigo: “Para la querida y linda Violeta, mi lectora favorita”. Dumas, en la primera página del ejemplar de El conde de Montecristo aludía a la “sugestión de sus ojos oscuros de odalisca” y Víctor Hugo, en Los Miserables, a la “blancura de espuma de sus manos delicadas”.
Dedicatorias… las había a cientos, una en cada libro, redactadas, en su mayoría, con el mismo tono entre familiar, cursi, poético y cariñoso.
Y ahora me veo en la obligación de añadir que todas esas dedicatorias tan íntimas estaban caligrafiadas con la misma letra cuidadosa y la misma tinta de color violeta que adornaba las etiquetas de los tomos. ¡Ah! ¡Qué pícara ingenua, la tía Violeta!









Belleza casual




(A Paloma)
No hay nada más seguro que el azar, ni orden más perfecto que aquel que nace del caos, ni belleza más sublime que la surgida al albur, por el capricho del tiempo, por accidente… o indiferencia.
Esta madrugada ha helado y el cadáver de un gorrión que se ahogó ayer en el estanque ha quedado atrapado, prisionero tras la frágil cárcel de una lámina de cristal. Por la mañana un niño, camino de la escuela, ha lanzado una piedra al estanque porque sí —porque es un niño curioso y vigoroso y le gusta comprobar que todos sus actos conllevan un efecto, que él es el amo tirano de su diminuto país— y ha quebrado con estrépito el delicado cristal.
Un pájaro muerto tras el hielo partido en lajas, tierno musgo húmedo, pequeñas flores de hielo, gotas de agua… Belleza casual.

(Fotografía de Jane Fulton)  




Eros y Psiqué



(A Desiré)
La cama es un tálamo ancho y enorme, como una isla desierta remota e ignorada surgida de la espuma… Nuestra isla. Él me espera cada noche a oscuras, amante secreto cuyo rostro nunca veo… Solo sé del tacto dulce de sus manos, del calor de su aliento… Él me espera cada noche a oscuras… Sus piernas se enredan en las mías. Sus labios abrasan en mi piel. ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? Quisiera poder mirarte. Te amo tanto… Silencio. El amor no tiene rostro. No necesitas saber. Con amar basta. Entonces desfallezco. ¿Cómo será él?  ¿Acaso un monstruo, pues no permite que le vea? ¿Y qué puede importarme? Bestial o divino, yo le deseo.
Pero esta noche, mientras mi amante dormía, he osado encender un candil de aceite. Y no es un monstruo… Es tan bello que me he demorado largo rato extasiada por la perfección de sus rasgos… hasta que una gota de óleo hirviente ha caído sobre su pecho, despertándole…
Esta noche estoy sola. El amor no tiene rostro. No necesitabas saber. Con amar basta.

(Ilustración de Howard Pyle) 

Ella sueña...



y al soñar trasciende a otro plano…Como la Bella Durmiente, como Blancanieves en su urna invisible de cristal de roca, mecida en brazos del éter, ligera como un soplo, Ofelia improbable ahogada en un lecho de aire, leve y flotante, “más extrañamente divina que las fantasías que revolotean en las almas adormecidas de las hijas de Delos”, hermosa Ligeia que sueña y al soñar se eleva.

Hoy es para ti, Patricia.

(Fotografía de Kamil Vojnar)

A los alumnos de 1º de Filología...

…Que escogieron La caja de gato para hacer su trabajo de Teoría de la Literatura. La entrada de hoy es para ellos.
He tenido ocasión de leer estos trabajos gracias a la cortesía de Alfredo Saldaña, su profesor, y desde aquí deseo felicitarles. Sé que su cometido no era fácil. La caja de gato es una novela muy compleja nacida del sueño de Martín Bueno, protagonista, creador y autor de este pequeño galimatías que combina diferentes planos narrativos, diferentes registros de la realidad, diferentes escenarios, diferentes conceptos del tiempo y que, para colmo de males, debe su título a un extravagante y huidizo paradigma cuántico. Pero ellos han enfocado la cuestión con bastante sensatez, sin dejarse amilanar por su aparente complejidad, para terminar por descubrir que todo se reduce a algo mucho más común, muy común: un sueño y a una obsesión.
La lectura de estos trabajos ha resultado una tarea reveladora y enriquecedora para mí, además de muy grata. Por eso me gustaría que sus autores me permitieran realizar un pequeño comentario sobre cada uno. No sé si resultará correcto, pero tampoco soy capaz de resistirme a la tentación de transcribir sus nombres, porque creo que entre ellos y yo existe ya ese vínculo que une a lector y a escritor de forma íntima y mágica. Son Aránzazu Arroyo Alejos, Alexandru George Ciotirca, Jessica Izquierdo Bueno, Óscar Luaces Santamaría, Esther Miguéliz Obanos, Ana Monreal Rams y Leila Otmane Mohamed.

Como si se tratara del análisis de una composición melódica, para Aránzazu el estribillo de esta novela es el amor, el amor que impregna sus páginas en sus más diversas manifestaciones, y por eso ha centrado su trabajo en ese tema, regalándome frases tan hermosas como esta: “¿Acaso no es el amor una necesidad del enamorado antes que la respuesta real del amado?” y también “Amor por la vida. Por las pequeñas cosas de cada día. El amor es placer y el placer lo podemos encontrar en una mesa con un rico guiso, una frasca de vino, un cestillo de fruta y una hogaza de pan”.
Alexandru ha elegido la interpretación de los sueños como punto de partida para abordar el trabajo y llegar a una interesante conclusión: “La obra La caja de gato viene quizás a recordarnos que no hay nada claro y seguro en esta vida, y nos lo muestra en el final del libro, donde de manera natural sueño y realidad se entremezclan. El soñador es el soñado aunque durante toda la obra haya sido lo contrario. Pero la autora ya nos había advertido de ello mediante una sencilla frase con gran carga de contenido: El principio es el final, aunque acaso pudiera ser al revés”.
Jessica ha hecho algo realmente original. Ha escogido una serie de episodios, que ella denomina nutrientes (“La autora nutre la historia central con una selección determinada de leyendas, estudios, personajes históricos… que ella inserta en el momento adecuado para explicar o reforzar ciertos aspectos de la obra”) y los ha analizado en sí mismos y en su relación con la novela. No puedo estar más de acuerdo con Jessica y con su selección de nutrientes. Estos son: la paradoja de Schrödinger, la leyenda de Toro Bravo y Nube Azul, el capítulo titulado “El velo de Sherezade” y el breve apunte sobre Caronte. Y diré también que no he podido evitar emocionarme al leer las últimas palabras de su trabajo (“volveré a leer y releer este libro tantas veces como pueda y probablemente en cada una de mis lecturas descubriré miles de aspectos nuevos que no he visto todavía”). Gracias por tus palabras, Jessica.
Óscar también ha hecho algo muy especial. No solo ha analizado La caja de gato con lucidez y perspicacia, sino que ha intentado profundizar en la obra de quien esto escribe leyendo todos mis relatos publicados en un portal de Internet y descubriendo muchas de mis claves como escritora, “la estrecha relación entre algunas de las publicaciones de la autora (…) alusiones y vínculos cruzados entre unas y otras…”. A Óscar tengo que decirle que El coleccionista de tiempo terminó convertido en Humo, aún sin publicar —cosa que intentaremos solucionar—, pero que es más que probable que a lo largo de este año vea la luz Libertalia, una utopía pirata en el Índico. A ver si la lees. Me da en la nariz que esa novela te gustará.
Esther ha realizado un trabajo muy brillante y minucioso que lleva por título “La caja de gato: Tiempo y espacio”, a pesar de que el tiempo y el espacio, pero sobre todo el tiempo, son los aspectos más difíciles de la novela. Pero de la clarividencia de Esther para comprender esta cuestión queda como constancia una de sus afirmaciones: “La moneda que Felipe entrega al escritor es lo que asegura que Martín ha cruzado a la otra orilla de la realidad: Maia”. Sobre esa moneda prometo contar otro día una anécdota de tintes casi sobrenaturales…
El trabajo de Ana se titula “Sueños y realidad en La caja de gato”, realmente el verdadero tema de la novela, y en él analiza no solo el sueño recurrente de Martín, desentrañando sus claves (“Maia no era solo un sueño, existe desde el mismo momento en que Martín sueña con ella”), sino todos los tipos de sueños que aparecen en el libro, como los sueños-visión de los indios crow y los sueños-deseo que animan a los demás personajes, encontrando su significado más profundo en el contexto de esta novela.
Por último, el trabajo de Leila resume de alguna forma todos los demás. Sirvan sus palabras como colofón: “En el fondo, toda esta novela no es más que un juego alegórico entre dos conceptos: fantasía y realidad, magia o realidad”.

El escritor es un ser frágil, inseguro, vanidoso; un mentiroso compulsivo que bordea a menudo la línea de la esquizofrenia; alguien que pasa demasiado tiempo a solas con sus fantasías, a punto de olvidar el sentido de la realidad, de cruzar a la otra orilla para perderse en ella.
Gracias hoy a vosotros por haberme hecho sentir comprendida con la frescura de vuestros juicios. Y gracias, también, a A.C. por esta maravillosa reseña publicada el 28 de enero de 2009 en el suplemento Artes&Letras de Heraldo de Aragón: