Deseos

(A Alberto)

Desde la pantalla plana del televisor un simpático gnomo de sombrero rojo y picudo le ofrece tres deseos, como premio, al leñador que salvó la vida a su gnoma. ¿Y tú? ¿Qué deseos pedirías tú?, le pregunto a Alberto, mi sobrino, que tiene cinco años y medio y ve la tele acurrucado a mi lado. ¿Yo? Tener un caballo en casa, contesta él.

¿Y qué deseos pediría yo?, me pregunto entonces a mí misma.

¡Zas! De repente, todo está oscuro. Me da que transito por el túnel de los sueños. Y debe de ser cierto, porque ahora se hace la luz y me encuentro entre gentes desconocidas, en una calle desconocida, luminosa y siniestra a la vez, componiendo una extraña fila. ¿Podría decirme qué se reparte aquí, señora?, le pregunto a la mujer que me precede. Pero cómo,  ¿no lo sabe?, se escandaliza ella.  Aquí se reparten deseos. ¿Deseos? Como lo oye. Mire, me explica señalando un gran baner publicitario, ese señor del anuncio dice que acaba de hacerse millonario. ¡Ah! Y mire esa joven, allí, en el otro cartel. Acaban de concederle un marido apuesto y trabajador. ¡Vaya! Pues qué bien ¿Y usted? ¿Usted qué viene a pedir? ¿Yo? Pues yo no vengo a pedir ni dinero ni marido. Yo vengo a pedir la salud de mi padre, que está enfermo.

La fila se va acortando pero, a pesar de la publicidad atractiva, no todo el mundo la abandona contento. Es más, se escuchan murmullos de desacuerdo. Le toca el turno a mi vecina. Hago oreja mientras decido cuál será mi deseo. ¿Dinero? No, ni de coña. Y sirva como ejemplo la historia del leñador de la tele, que quiso un lingote de oro que luego tuvo que sacrificar para recuperar la vida y la libertad. ¿Prestigio? ¿Fama? ¿Premios u honores? Me despreciaría a mí misma si obtuviese prestigio, fama u honores de una sociedad que me gusta tan poco como ésta. Sería un mal síntoma, la señal de que he corrompido mis ideales más íntimos. ¿No tener que trabajar? Bueno, eso ya me tienta más… En su día soñé con poder vivir de la literatura, pero hoy sé que entonces ya no podría escribir lo que quiero, como quiero y cuando quiero. Así que la cosa tampoco está tan mal: vengo a mi archivo mierdero, me pagan un dinerillo (más bien poco, pero si una se sabe administrar…) y ya no le debo nada a nadie. ¿Vivir en una casa maravillosa en el campo o junto a la orilla del mar? Idílico, pero a lo peor me quedaba más colgada que un jamón, porque hace tiempo que caducó mi carné de conducir. ¿Conocimiento? Ese siempre ha sido mi deseo estrella. Conocimiento, sabiduría, lucidez; pero no es algo que una deba pedir, sino algo que una debe buscar y encontrar por su cuenta…

En éstas andaba, cavilando, cuando escuché protestar a mi vecina. Pero señora, entonces, ¿qué es lo que quiere?, la interpelaba el repartidor de deseos. Aclárese. ¿No quiere que su padre viva para siempre? ¡Ah! Solo esta enfermedad, la de ahora. Pero ¿cuál? En mi lista figura que su padre padece cáncer de próstata, insuficiencia cardiaca, artrosis de cadera, cirrosis hepática y bronquitis crónica. ¿De cuál quiere que lo sane? Especifique, señora, que solo concedo un deseo. Y ella se frotaba las manos con desespero.

¿Salud? ¿Quería yo salud? Me pasa como a mi vecina: ¿Quién quiere vivir eternamente? Pues entonces, algún día tendrá que tocar, digo yo… y ya está. ¿Viajar? Sí, claro, pero lo importante no es el destino, sino el trayecto, y en realidad siempre estamos en trayecto. En cuanto a deseos que impliquen a los demás, sean seres concretos (como la familia y los amigos) o abstractos (como la humanidad)… pues no. Ahora estoy segurísima de que no se debe interferir, de que tras las mejores intenciones siempre surgen efectos adversos, daños colaterales, situaciones imprevistas… De que nadie puede jugar impunemente a ser Dios.

Total, que decidí que mi deseo sería pedir… ¡ningún deseo!, así que me salí de la fila. Quiero tener deseos para sentir que estoy viva, pero no pedirlos para que alguien me los conceda por el puto morro. ¿A santo de qué? Además, ya se sabe: cuando los dioses desean castigarnos, simplemente se avienen a nuestros deseos…

Entonces me desperté. Alberto se reía, mirándome divertido. Te has quedado dormida con la boca abierta. Sí, es que hoy no me he echado la siesta. ¡Ayyyy! ¿Sabes qué deseo quiero pedir yo? Mi sobrino me miraba con cierto regocijo, porque me conoce bien y ya se lo imagina: Un beso tuyo. Pero un beso bien gordo, ¿eh? Un beso de amor.

   

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